Borat

BoratEntusiasmada por un trailer prometedor y por los elogios unánimes de la crítica especializada, fui a ver Borat con mucha expectativa. ¿El resultado? Decepcionante. Si bien cuenta con momentos inolvidables, la película de Larry Charles se queda a mitad de camino entre la provocación fácil y la real osadía.

Como diría el Agente 86, esta película recurre al «viejo truco» de insertar a un personaje extranjero en una ciudad/nación que se pretende criticar. De esta manera, el autor real de la propuesta se ampara en las impresiones y percepciones elaboradas «desde afuera» para exponer una visión ácida de su propio entorno.

Entonces, así como hace tres siglos el barón de Montesquieu le endilgaba la autoría de sus Cartas persas a un tal Usbek para caerle con todo rigor a la sociedad parisina, hoy el guionista/productor/actor Sacha Baron Cohen se disfraza de periodista kazajstaní para reírse de los estadounidenses.

Desde esta perspectiva, Borat está muy bien lograda. Por lo pronto, el abismo existente entre un país subdesarrollado y la primera potencia mundial se transforma en la excusa ideal para exhibir la idiosincrasia de quienes viven el American dream. En este sentido, el principio del film se destaca por subrayar las diferencias entre un pueblito de Kazajstan y Nueva York, y por mostrar la conflictiva insersión del protagonista en «the USandA».

Hasta aquí, todo muy bien. El problema empieza, por un lado, cuando el humor escatológico se apodera de la pantalla y, por el otro, cuando ciertos giros argumentales corren el riesgo de parecerse a concesiones deslizadas para minimizar el alcance de la crítica.

Lo del humor escatológico es menos «grave» porque, después de todo, se relaciona con una cuestión subjetiva: hay quienes encontrarán que la pelea entre Borat y su productor en la habitación del hotel es desagradable; en cambio hay quienes la tildarán de hilarante. Algo parecido sucederá con las chicanas antisemitas: para algunos resultarán ofensivas; para otros serán prueba de la amplitud mental de Baron Cohen.

Lo que considero más discutible es ese «changüí» que en ocasiones el guión despliega en honor al statu quo yankee. El ejemplo más flagrante es la escena del rodeo, cuando el cronista kazajstaní extrema el tono de su arenga a favor de la intervención en Medio Oriente. Es como si existiera la intención de elevar la apuesta discursiva hasta que el público presente pueda demostrar su costado humano (en efecto, las caras de desaprobación recién empiezan a asomar cuando el protagonista se refiere a la posibilidad de que George Bush beba la sangre de hombres, mujeres y niños iraquíes). 

Alguien podrá objetar que episodios como éste no encierran ninguna concesión sino que, al contrario, pretenden retratar a una sociedad adoctrinada, anestesiada, insensible. Tal vez… Pero por alguna razón inexplicable, tuve la sensación opuesta, ligada a mi habitual escepticismo.

Al margen de posibles reproches, es innegable que Borat no pasa desapercibida ni causa indiferencia. No obstante, a título personal me permito insistir en la hipótesis de que podría haber sido mucho mejor. Lo dice alguien convencida de que la provocación no siempre es sinónimo de genuina osadía.

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PD. ¿Me parece a mí, o Baron Cohen se inspiró en Groucho Marx cuando personificó al periodista kazajstaní? De ser así, el tantas veces imitado cómico norteamericano merece un tributo de mayor altura.