Llamado a la solidaridad

Joven, señor, sí, el siguiente mensaje es para usted…
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Atención. ¡Brazos abajo!Éste es un llamado a la solidaridad masculina. Una apelación a las normas de convivencia. Un pedido urgente ligado a una cuestión -casi- de supervivencia.

Hombres en general; porteños en particular. ¡Por favor bajen los brazos!

A no pensar en términos metafóricos, sino literales. Aquí no se trata de claudicar, transigir, ceder. Aquí se trata de modificar (¿abandonar?) una costumbre cotidiana.

Algunos querrán lucir su espléndido físico. Otros, disimular su pequeña estatura. O quizás señores y señoritos sólo responden a cierta predisposición genética heredada de nuestros antepasados simiescos.

Quién sabe. Lo cierto es que los descendientes de Adán se empeñan en «colgarse» de caños o agarraderas en trenes, subtes y colectivos, de marcos superiores de puertas y ventanas, y de cualquier otro relieve ubicado por encima de sus hombros, de modo tal que sus axilas saludan al mundo y cobran un protagonismo inusual, en ocasiones poco feliz.

El protagonismo poco feliz aumenta considerablemente en verano, cuando ni las prácticas de aseo más rigurosas ni los desodorantes más potentes pueden contra el calor y el consecuente sudor. En estas circunstancias, quienes quedamos bajo la órbita axilar debemos realizar malabares respiratorios para evitar o al menos disminuir los efectos del típico olor fuerte, ácido, ofensivo.

La cosa empeora cuando el hombre transpirado viste musculosa o remera con mangas japonesas. Además de esquivar -dicho lisa y llanamente- «el chivo», también hay que concentrarse en ignorar la mata de pelos que se asoma húmeda, enmarañada, percudida, acechante.

Basta recordar ciertos traslados en transporte público, ciertas situaciones laborales para revivir la sensación de desagrado e incomodidad, y para querer ponerle fin. De ahí este llamado a la solidaridad, este S.O.S enviado al gentiluomo que todos -bueno, casi todos- llevan dentro.