Boogie, el aceitoso

Boogie el aceitosoAunque fanática de Inodoro Pereyra, siempre me dio bronca que el gaucho renegau le quitara protagonismo a su medio hermano Boogie, el aceitoso. Hijos del mismo padre, hace décadas ambos se instalaron en el podio de las historietas más leídas en Argentina. Sin embargo, quienes hablan de la obra de Roberto Fontanarrosa suelen adjudicarle un inmerecido segundo lugar a esta singular combinación de patovica, mercenario y justiciero, gran parodia del género policial contemporáneo y -porqué no- de nuestro intolerante ser nacional.

Desde su nacimiento en 1972, Boogie atravesó una sutil metamorfosis que lo llevó a parecerse cada vez más al gangster rubio, morrudo y mandibuloso que solemos ver en las producciones made in Hollywood. Dibujado como está, bien podría haber integrado el elenco de La ciudad del pecado, película de Robert Rodríguez inspirada en el comic homónimo de Frank Miller.

Pero El aceitoso no acepta compañía, mucho menos competencia. Pensándolo bien, no habría convenido hacerle la propuesta. Quién sabe cómo habría tratado a los «recios de pacotilla» Bruce, Mickey, Michael, Clive y Benicio. 

Se sabe. Fontanarrosa es un experto en el arte de la sátira. De ahí que ningún género se le resista. De ahí que el dibujante/libretista/escritor rosarino sea capaz de entretenernos desde lo telúrico (con don Inodoro) y desde una rara mezcla entre acción y humor (en el caso que hoy nos ocupa). 

Mal que nos pese, todos querríamos ser Boogie. Al menos de vez en cuando, con esa vecina meterete, o ese jefe pusilánime, o con ese compañero de trabajo insoportable. De hecho, en el fondo (muy en el fondo) nos vemos reflejados en este personaje: me refiero especialmente a su impaciencia, a su imperiosa necesidad de deshacerse de situaciones y seres molestos.   

Claro que a veces al tipo se le va la mano y su misantropía adquiere ribetes racistas, antisemitas, homófobos, nac(z)ionalistas. Es ahí donde la ironía fortalece su costado crítico, y la historieta en principio ensombrecida echa luz sobre la faceta más oscura de una idiosincrasia autóctona y global.