Recital de Bobby McFerrin

McFerrin, concentrado en sus notasDon’t worry; be happy. Así se llamaba la canción que años atrás hiciera famoso a Bobby McFerrin. En aquel entonces pocos conocían al eximio vocalista de jazz, y muchos supusieron que se trataba de otro cantante «de moda», de esos que pegan un hit y luego se pierden en la nebulosa del olvido. Craso error. Aquello fue sólo un coqueteo con la cultura pop, la incursión mediática que permitió sumar puntos en términos de popularidad. ¿Dudas? Sintonicen Film & Arts y descubran al talento en su propia salsa. 

Año 2003. Festival Internacional de Jazz de Montréal. La diferencia de tiempo y lugar no impide valorar la ductilidad de quien sabe hacer música con la voz.

Así es, las cuerdas vocales de McFerrin pueden transformarse en clarinete, trompeta, batería, contrabajo, por separado o en sinfonía. Ah, y por si esto fuera poco ¡el tipo también canta!

Es cierto, a veces hace percusión con los pies y las manos, o se apoya en la melodía emitida por el bajo de algún artista invitado. Pero la verdadera estrella del show es su voz (su capacidad torácica, dirán los entendidos).

De hecho, el carismático Bobby puede pasar de las notas más graves a las más agudas y viceversa, sin desentonar ni una sola vez. Sin siquiera dudar, trastabillar ni forzar. De ahí que se permita recrear un aria de Carmen o el Ave María, o marcarle el contrapunto a un bailarín de tap.

Para McFerrin parece no haber imposibles. Incluso es capaz de dirigir a su público, como si estuviera ante un coro siempre dispuesto a participar, a improvisar, a jugar. En ese momento, se genera un ambiente de magia, de entendimiento, de complicidad, de comunión.

Todo, ondas de amor y paz. Ideal para volver a susurrar, quizás cuando nadie escuche, «don’t worry; be happy».