Déjà vu

Deja vuSin dudas la nueva película de Tony Scott le hace honor a su título. No tanto por su argumento, sino porque uno tiene la impresión de haberla visto en algún momento. La sensación resulta inmanejable pero al mismo tiempo imprecisa. Como sea, el fenómeno no sorprende. Después de todo, para algunos espectadores (me incluyo) las producciones made in Hollywood suelen ser un constante déjà vu.

En este caso, Denzel Washington vuelve a aparecérsenos como un detective solitario, sagaz, autosuficiente, resolutivo. En segundo lugar, la participación de James Caviezel confirma que encarnar a Cristo fue la excepción a la regla, y que lo suyo está en los personajes marginales, oscuros, piantados. Por si faltara otro ejemplo, hasta el poco conocido Adam Goldberg parece una figurita repetida.

También asistimos a la recurrente necesidad de retomar la cuestión espacio-temporal a partir de un planteo científico-filosófico mejor o peor logrado. Y como de costumbre consumimos el combo taquillero por antonomasia, ése que combina suspenso y acción con un toque romanticón.

Ahora bien, si por lo general las producciones de la Meca del Cine hacen uso y abuso de lo evidente y de la sobreexplicación, en este largometraje el vicio adquiere una envergadura notable. De hecho, al bifurcarse en tiempos paralelos, el relato se empapa por partida doble del típico estilo explícito y redundante. El film se hace entonces largo, lento, por momentos indigesto.

Si a esto le sumamos la presencia de la bandera estadounidense en gran parte de las escenas, la infaltable alusión a la amenaza terrorista, la dedicatoria a las víctimas de New Orleans, entonces no caben dudas. Una vez más, nos encontramos ante un film en principio pensado para entretener, pero también con un tufillo patriota innegable y bastante molesto.    

A no quejarse. En definitiva, el cine no ha hecho más que regalarnos un verdadero déjà vu. Así, con todas las letras y sin ningún reparo.