Difícil de explicar

Los tres Reyes Magos

A mi viejo.
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Madrugada del 6 de enero de 1978.
La ansiedad me carcome. No puedo dormir. Acurrucada en la cama, repaso la escena de las sandalias con el pastito y el agua. Mientras fantaseo con la gran aparición, confío en que los cascos de los camellos harán las veces de alarma. Después bastará con saltar de la cama para sorprender, interperlar. Quizás para abrazar.

Noche cerrada. Quietud estival. Espera insonora. Hasta que irrumpe un ruido, un bramido. El corrimiento involuntario de un mueble. Una voz que protesta.

– ¡Carajo!

Nunca imaginé que algún Rey Mago fuera malhablado, mucho menos que usara la palabrota favorita de mi papá. Anonadada y confundida, prefiero refugiarme entre las sábanas. No vaya a ser cosa que el tropezón se haya vuelto caída, y que el refunfuño de ¿Baltasar? ¿Melchor? ¿Gaspar? termine convirtiéndose en un infortunio difícil de explicar.