La invasión

Reescribir viejas historias tratando de que sigan iguales a lo que fueron es una benévola utopía literaria, más benévola en todo caso que la esperanza de inventar siempre algo nuevo. Una ilusión suplementaria podría hacernos pensar que al reescribir los relatos que concebimos en el pasado volvemos a ser los que fuimos en el momento de escribirlos.
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La invasiónRicardo Piglia cierra así el prólogo correspondiente a La invasión, su primer libro de cuentos publicado en 1967 y reeditado hace escasos meses. Evidentemente, no se trata de un mero relanzamiento, sino de un proyecto de revisión y corrección que confirma la eterna sospecha de que todo texto siempre puede mejorar.

Ardua tarea, la de reencontrarse consigo mismo cuarenta años después. Ni hablar del desafío de convertirse en editor, corrector (¿censor?) de quien uno fue. En principio, el reconocido ensayista argentino puede decir «misión cumplida». Por lo pronto, no hace falta comparar una y otra versión para constatar que los relatos en cuestión mantienen una vigencia indiscutible.

Un poco como Eduardo Belgrano Rawson con El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos, Piglia pinta retazos de nuestra argentinidad en base a su propia experiencia y conocimiento. De hecho, al margen de ciertas diferencias en cuanto a estilo literario y a sentido del humor, las páginas de ambos autores recorren personajes, lugares, momentos históricos característicos de nuestro país.

En este caso, basta con leer El joyero para reconocer rincones de la ciudad de Buenos Aires y de su contracara veraniega, Mar del Plata. O La invasión para asimilar la connotación marginal de la homosexualidad en las cárceles. O Mata-Hari 55 y Desagravio para retrotraernos a la llamada «Revolución Libertadora» anti-peronista. O Las actas del juicio para retroceder un siglo más, y abordar una era dominada por caudillos.

Sin dudas, los quince cuentos más o menos breves que componen esta recopilación resultan cautivantes. Tanto como la posibilidad de reinventarnos a partir de viejas impresiones, ficciones y palabras, divino tesoro de una juventud perdida pero al menos en parte recuperada.