Casino Royale

Casino RoyaleImposible negarlo. James Bond es una marca registrada; hasta se da el lujo de contar con un slogan capicúa. Aunque carezca de sangre azul, el personaje creado por Ian Fleming posee un halo monárquico. Por eso quien lo encarna se convierte automáticamente en «Alteza» del servicio secreto cinematográfico. Por eso, cuando llega la hora inevitable de la sucesión del trono, la elección entre posibles candidatos provoca un encendido debate. Precisamente éste fue el caldo de cultivo de Casino Royale, remake que corona a Daniel Craig como flamante mandatario de una nueva era 007, y que asegura la renovación de un producto aparentemente inagotable.

Hablando de monarquías, cuenta la leyenda que hasta Isabel de Inglaterra aprobó al reemplazo de Pierce Brosnan. En cambio los medios, reyes de la opinión pública, se mostraron más renuentes, sobre todo al principio cuando una serie de bloopers involuntarios complicó las primeras semanas de rodaje.

Como sea, el resultado salta a la vista, y de lejos el actor británico supera a su par irlandés. Por lo pronto, Craig posee un physique du rôle más acorde a lo que se espera de un agente ágil, fuerte, osado, resistente, temerario, insolente, extremadamente viril. Es cierto: el rostro de Pierce es casi perfecto pero -se sabe- Bond es mucho más que una cara bonita.

Una vez dirimida la cuestión sucesoria, pasamos a Martin Campbell, director neozelandés con experiencia en films de acción y con un exitoso antecedente –GoldenEye– en el universo 007. Transcurrieron once años desde aquel largometraje, y sin embargo la notoria pasión por la obra de Fleming se mantiene intacta.

De hecho, Casino Royale está magníficamente filmada. Al margen de sus (escasos) desaciertos, la propuesta vale por sus escenas de acción, por el ritmo de las persecuciones, por cierta originalidad a la hora de plantear vías de escape. En este sentido cabe destacar la fuga ambientada en Madagascar, carrera de obstáculos interminable que despliega una coreografía atlética tan asombrosa como fenomenal.

Sin el savoir faire de Campbell, la película resultaría mucho más larga e insostenible de lo que ya es. Y aquí aparece el primer y más flagrante desatino: la confección de un guión que abarca mucho y aprieta poco.

Una verdadera pena. Si el equipo compuesto por Neal Purvis, Robert Wade y Paul Haggis se hubiera limitado a contar una sola aventura, quizás habría podido imaginar una historia más contundente, con un final mejor logrado y con un mensaje to be continued más espontáneo. En cambio, nos enfrentamos a un cúmulo de hechos y conflictos que evocan más a una serie televisiva que a un producto para pantalla grande.

El segundo aspecto cuestionable parte de criterios meramente subjetivos, y por lo tanto discutibles. Se trata de la elección de las mujeres Bond, actrices con un perfil mucho más bajo que el de las mundialmente reconocidas Halle Berry, Maria Grazia Cucinotta, Kim Basinger o Ursula Andress*.

Por suerte, para compensar el talón de Aquiles del elenco, están la siempre impecable Judi Dench, el oportunamente acomodaticio Giancarlo Giannini y el irreconocible Mads Mikkelsen (impresiona descubrirlo como malvado después de haber disfrutado su bonhomía en Corazones abiertos).

Por lo demás, Casino Royale es irreprochablemente fiel a la tradición. De ahí los exteriores en hermosos rincones europeos. De ahí la ambientación en escenarios exclusivos del jet set. De ahí la pasarela de personajes ricos y sensuales. De ahí el casting internacional. De ahí la combinación entre acción, suspenso y erotismo. De ahí la necesidad de un final abierto que promete más sobre un nombre -una marca- que evidentemente nunca pasa de moda.

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* En la Casino Royale de 1967, Ursula Andress interpretó a Vesper Lynd, personaje a cargo de Eva Green en la remake de Campbell.