Sos mi vida

Sos mi vida«¿Qué hago yo mirando Sos mi vida?» Cuántas veces me habré hecho la pregunta. Cuántas habré repasado las críticas al costumbrismo de Pol-ka. Cuántas habré despotricado contra la dupla Arana-Oreiro. Cuántas habré protestado por la grosera proliferación de chivos publicitarios. Cuántas habré acariciado algún botón del control remoto… para no apretarlo nunca.

Pensada como plato fuerte post-noticiero, la producción de Adrián Suar arrancó como telenovela convencional de verano y terminó como desopilante varieté al aire por un año. Así, la típica historia de amor entre un niño bien y una chica de conventillo se convirtió en una sucesión de encuentros y desencuentros enmarcada por una corte de personajes secundarios mucho más llamativos que los mismísimos protagonistas.

Liberada del corset melodramático, la serie se permitió explotar los elementos propios del folletín (romance en principio imposible, permanente interferencia de los malos, aplicación de estereotipos antagónicos, promesa de final feliz) desde una perspectiva de juego, incluso de parodia. A partir de este permiso, el autor Ernesto Korovsky armó todo tipo de situaciones sin siquiera preocuparse por cubrir baches y/o incongruencias narrativas.

Gracias a semejante desmadre argumental, los actores de reparto tuvieron la posibilidad de enriquecer sus roles. Tanto que Carlos Belloso y Pablo Cedrón pudieron «desdoblarse» e interpretar, cada uno, a dos personajes distintos. Tanto que Griselda Siciliani, Favio Posca, Fabiana García Lago, Claudia Fontán, Dalma Milebo y Carla Petersen supieron ganarse un espacio inusitado.

Por si esto fuera poco, el programa contó con la participación de «pop stars» tan inesperados -y oportunamente promocionados- como Julieta Venegas, Chayanne y Ricky Martin. También se dio el lujo de integrar a personajes de otros programas de ficción, por ejemplo el Sr. Nielsen de Sin código.

Curiosamente, o no tanto, ni Facundo Arana ni Natalia Oreiro supieron aprovechar las oportunidades (re)creativas de este carnaval televisivo. Aunque ella demostró más cintura que él, las buenas intenciones no alcanzaron y la pareja mediática por excelencia no quiso/pudo deshacerse de su acartonamiento habitual.

No importa… Sos mi vida cumplió igual su cometido: perpetrarnos todas las noches frente a la pantalla chica, aunque no sepamos muy bien porqué.