La guerra del cerdo

Ante el aumento de hechos delictivos perpetrados contra gente mayor, me acordé de La guerra del cerdo, película que -inspirada en la novela de Adolfo Bioy Casares- narra una atroz cacería de viejos ocurrida en plena ciudad de Buenos Aires. La vi cuando tenía doce o trece años, y quedé perpleja ante este relato fantástico, casi de ciencia ficción, que gira en torno a aquella otra discriminación, la que victimiza al anciano, al jubilado, al que está más cerca de la enfermedad, de la decadencia física, de la muerte.

El film no tiene nada que envidiarles a títulos igualmente fantásticos y reflexivos sobre lo peor de la condición humana, por ejemplo 1984 y Brazil. De hecho, a la hora de generar climas de suspenso, de angustia, incluso de violencia, la dirección de Leopoldo Torre Nilsson es tan comprometida como la de los realizadores Michael Radford y Terry Gilliam.

Desde ya, gran parte del mérito es de Beatriz Guido, Luis Pico Estrada y del propio Torre Nilsson, autores de un guión que sabe recrear la historia de Bioy Casares. El resto corre por cuenta de las cámaras, muy efectivas a la hora de filmar los avances de las patotas juveniles, las corridas de los sexa/septa/octagenarios y las escenas más virulentas de esta suerte de matanza generacional.

Entre los actores, se destaca el poco conocido (sobre todo ahora) José Slavin, responsable de encarnar al protagonista Isidro Vidal. Por lo demás, da gusto reencontrarse con figuras como Luis Politti, Emilio Alfaro, Miguel Ligero, Osvaldo Terranova. En cambio, dejan bastante que desear los por entonces novatos Marta González, María José Demare y Víctor Laplace.

De todos modos, a pesar de lo discutible de su elenco, La guerra del cerdo es digna de una mención en Espectadores. Qué otro espacio podría ocuparse de una película que, 31 años después de su estreno, vuelve a sacudirnos a partir del recuerdo disparado por la cobertura periodística.