El NO difícil

El No a secas, vedado para los latinoamericanos Hace algunos años el azar me acercó las conclusiones de un estudio realizado por la Universidad de Montréal, que pretendía analizar el uso de la negación en las sociedades francófonas, anglófonas y latinoamericanas. El trabajo de investigación consistía en una encuesta bastante extensa que describía diversas situaciones cotidianas (laborales, de convivencia, de ocio). Ante cada caso planteado, se les pedía a los entrevistados que manifestaran libremente su desacuerdo, su rechazo, su declinación, en suma, su negativa. La conclusión principal saltaba inmediatamente a la vista: a la hora de decir «no», los latinoamericanos somos los más problemáticos.

«Los más problemáticos» significa los menos directos, los más diplomáticos (¿o hipócritas?). Dicho de otro modo, ningún encuestado perteneciente a nuestra región contestó lisa y llanamente con el monosílabo clave. En cambio, nunca faltaron la mentira piadosa ni la explicación compulsiva.

Al parecer, decir «no» a secas (aún cuando articulemos un «no, gracias») está mal visto; corre el riesgo de sonar a mala educación o -peor aún- a actitud agraviante u ofensiva. De ahí la necesidad de justificar, de contextualizar, de relativizar, de compensar, de disimular.

Paradójicamente -y esto es una observación absolutamente personal, ajena a la encuesta canadiense- es notable como el «no» aflora enseguida, como un acto reflejo, cada vez que alguien se disculpa o nos agradece. De hecho, a más de un oído extranjero les llama la atención que ante un pedido de perdón (estoy hablando de un diálogo informal) reaccionemos con un «no, está bien», y ante un agradecimiento retruquemos con un «no, al contrario»*.

Ni hablar cuando en ambos casos, ahí sí, cortamos el intercambio de palabras con un «no» a secas. Es como si la negativa anulara irrevocablemente la intención de excusarse/agradecer, y como si el rechazo de plano nos fuera permitido sólo en contadísimas excepciones.

Por último, para terminar, una anécdota familiar… Tengo una prima que, después de aceptar propuestas poco «sanctas», suele comentar -mitad en broma, mitad en serio- «no es que tenga el sí fácil; es que tengo el no difícil»… Frase ilustrativa, si las hay, aplicable también a nuestra intrincada idiosincrasia.

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* En realidad, esta observación es sobre todo válida para la ciudad de Buenos Aires. En el interior de la Argentina y en otros países latinoamericanos la gente suele responder de otra manera, sin la intervención del «no».