Caminos a Koktebel

Caminos a KoktebelSexo, violencia, FX, personajes retorcidos, trasfondo psi… De todo esto carece Caminos a Koktebel, título que apenas cuenta con excelentes actuaciones, una bella fotografía, un guión sobrio y una música tan sutil como placentera. Desde Rusia con amor, esta propuesta prescinde de fórmulas archiconocidas. Será por eso que uno se deja llevar por la incertidumbre propia de un trayecto con destino aparente pero, aunque suene paradójico, sin rumbo fijo.

Antes de seguir, debo admitir que las llamadas “road movies” me fascinan. Tal vez por esa noción siempre presente de recorrido, de cambio. Tal vez porque los viajes suelen provocar consecuencias que superan el mero traslado, y que tienen que ver con nuestra persona. La experiencia es hacia afuera y hacia adentro, y justamente esta ambivalencia es lo que la hace tan interesante.

El film escrito y dirigido por Boris Khlebnikov y Aleksei Popogrebsky es entonces mucho más que la crónica de un mudanza emprendida por un padre y su hijo. Se trata también del (des)encuentro entre ambos personajes, y de su contacto con la realidad según lo que les depara el camino.

Que este dúo de cineastas haya ignorado la conveniencia de ciertas fórmulas no significa que a su trabajo le falte rigurosidad. Al contrario, el largometraje es una verdadera lección de cine en cuanto al peso de lo visual y a la justeza y emotividad de las interpretaciones.

De hecho, así como la fotografía genera los climas y la mejor escenografía para la historia en cuestión, Igor Csernyevics (el padre) y Gleb Puskepalis (el hijo) recrean a la perfección el lazo que une a los protagonistas. En torno a ellos, giran los demás actores cuyas miradas y gestos bastan para retratar a personajes de carne y hueso, con sus miserias y grandezas a cuesta y con su inmenso país detrás.

Alguien podrá decir que esta película tiene mucho en común con El regreso, otra excelente película rusa de 2003 estrenada localmente un año después. En líneas generales, esto es verdad pero, a diferencia de la propuesta de Andrei Zvyagintsev, aquí no hay ningún giro argumental excesivamente dramático ni, por lo tanto, sorpresas impactantes.

Aquí se trata simplemente de contar un viaje. Su destino es aparente y su rumbo, incierto. Justamente por eso vale la pena emprenderlo y animarse a conocer los (insondables) caminos a Koktebel.