Gracias por fumar

Gracias por fumarQuien haya imaginado que Gracias por fumar dispara un fuerte alegato contra la industria tabacalera se equivoca. Quien haya supuesto que el director y guionista Jason Reitman sigue los pasos de Michael Moore, Morgan Spurlock o Richard Linklater (cuya Fast food nation está por estrenarse), también. De hecho, esta película no pretende convertirse en dedo acusador de negocios perturbadoramente legales (léase, fabricación de armas o venta de comida chatarra) sino más bien parodiar la multiplicidad de «verdades» surgidas a partir de una realidad en principio inequívoca.

Inspirado en el libro de Christopher Buckley, el largometraje conserva la narración en primera persona de Nick Naylor, vocero y lobbyista de la asociación de tabacaleros de los Estados Unidos. En realidad, el hombre es un profesional de la labia, un mercenario de la palabra capaz de desmentir y/o relativizar -del modo más convincente- hechos y datos en teoría irrefutables.

Su retórica cuestiona lo incuestionable, desmantela andamiajes argumentativos, desestabiliza al oponente mejor plantado. Desde esta perspectiva, todos -el senador más probo, la víctima más dañada, el periodista más comprometido, el jefe más despiadado- esconden alguna contradicción, alguna deficiencia, algún secreto que el protagonista sabe explotar en beneficio propio.

Quizás lo más interesante del largometraje sea precisamente el talento de Nick. En efecto, esa capacidad para demoler verdades de Perogrullo se transforma en excusa para arremeter contra algunos slogans caros a Yankeelandia (por ejemplo, que son los reyes de la libertad de expresión, o que son el mejor país del mundo).  

La película es ágil, entretenida, amena, y además tiene el atractivo de convocar tanto a actores afines al cine independiente (Robert Duvall, William H. Macy, Todd Louiso) como a figuritas de Hollywood (Aaron Eckhart, Katie Holmes, Rob Lowe, Adam Brody). Al fin y al cabo, resulta un aliciente eso de descubrir un famoso por cada nueva escena. 

Tal vez lo único reprochable de esta propuesta sea su desenlace; me refiero a la decisión final del protagonista, teñida de cierto tufillo a moralina (¡lo que uno no haría por sus hijos!). Por lo demás, la propuesta es válida, sobre todo para los apasionados de la retórica y -por qué no- para los fumadores empedernidos, siempre dispuestos a agradecer.