Canciones del laberinto

Canciones del laberintoHacía tiempo que venía coqueteando con cierta influencia renacentista. Para confirmar la sospecha, basta con prestarles atención a Valparaíso, canción incluida en Mercury Falling, o incluso a Shape of my heart, en Ten Summoner’s Tales. Era de esperarse entonces que Sting por fin se hubiera animado a dar el gran paso, ése que algunos (escasos) compositores del rock & pop (Paul Mc Cartney, por ejemplo) emprenden con ánimo de incursionar en la música clásica, de cámara, de orquesta.

Tal vez el ex líder de The Police decidió devolverle el protagonismo robado a aquel profesor de literatura llamado Gordon Sumner. Quizás esos contados años dedicados a la docencia hayan inspirado algo más que la legendaria Don’t stand so close to me. A lo mejor también conformaron el contexto donde empezara a gestarse la idea de reivindicar al músico y poeta de los siglos XVI/XVII, John Dowland.

Especulaciones aparte, lo cierto es que Songs from the Labyrinth cumple con la (¿involuntaria?) tarea de trasladarnos en el tiempo y el espacio. Así, clases de vocalización mediante, la voz inconfundible de Sting se adapta perfectamente a melodías y versos centenarios, y nosotros realmente creemos respirar la atmósfera de la Inglaterra isabelina.

Fiel a su costumbre, en esta ocasión el talentoso cantante británico también sabe rodearse de la mejor compañía. En este caso, acude a Edin Karamazov (dicen los entendidos que el laudista bosnio es insuperable a la hora de tocar partituras antiguas). De ahí la sensación de rigurosidad absoluta cuando uno escucha esta obra, en principio libre de los «vicios y costumbres» de la interpretación contemporánea.

Probablemente el mayor mérito de Canciones del laberinto radique en su aptitud para demostrar la vigencia del arte. De hecho, además de permitirnos experimentar un viaje histórico, este CD prueba que los versos y las notas de Dowland resultan tan conmovedores en pleno siglo XXI como -seguro- lo fueron cuatro (y largas) centurias atrás.