Koyaanisqatsi

Koyaanisqatsi Cuando uno mira Koyaanisqatsi, vuelve a creer en Dios y en el infierno. Las primeras imágenes -desiertos inagotables, campos labrados, cielos inasibles y océanos insurgentes- aparecen en tanto prueba irrefutable de la presencia de una fuerza supranatural, divina, única a la hora de crear tanta belleza junta. En cambio, las que vienen después -grúas, antenas, centrales nucleares, aviones bombarderos, hongos atómicos, imponentes rascacielos, mareas humanas- sugieren la faceta invasora, brutal, monstruosa, demoníaca del ser humano.

Hace unos cuantos años se estrenaba en Buenos Aires una película ajena al circuito comercial, de nombre impronunciable y con escaso respaldo mediático. Sin embargo, la palabra Powaqqatsi y el nombre Godfrey Reggio pronto se convirtieron en referentes de un nuevo estilo de documental: sin palabras (ni entrevistas ni locución en off) y con todas las fichas puestas a una armónica combinación entre fotografía y música.

Apenas Koyaanisqatsi cayó en mis manos, recordé aquel estreno del pasado y descubrí que ambas películas conforman una trilogía cuya última entrega –Naqoyqatsi– fue rodada en 2002. Después de algunas consultas en la Web, me enteré de que Reggio llevó adelante este proyecto gracias al apoyo de Francis Ford Coppola y Georges Lucas. ¿El objetivo del emprendimiento? Alertar sobre la inminente destrucción de nuestro tan maltratado planeta.

Como “Powaqqatsi” y “Naqoyqatsi”, “Koyaanisqatsi” es un vocablo extraído de la antigua lengua hopi. El término, que significa “existencia desequilibrada”, se repite una y otra vez en la banda sonora del largometraje y alude justamente al estilo de vida contemporáneo. Las imágenes hacen el resto para confirmar la idea de que estamos al borde del apocalipsis.

Realizado en 1982, uno podría reprocharle a este film cierta onda new age pasada de moda (a decir verdad, la música de Philip Glass satura más que la de Enya). También podríamos objetar algunos recursos a esta altura bastante trillados (por ejemplo, el uso de la cámara rápida para reflejar la vorágine del tránsito en una ciudad como New York).

Sin embargo, prefiero decir que Koyaanisqatsi es una propuesta concientizadora y sobre todo conmovedora, que nos ayuda a reconsiderar nuestro lugar en el mundo y -algo aún más importante- a no olvidar que el mundo es nuestro único lugar. Justamente por eso deberíamos quererlo, respetarlo, cuidarlo, en suma, tratar de devolverle el equilibrio perdido.