M*A*S*H

M*A*S*HSalvo en casos excepcionales, evito publicar necrológicas en Espectadores. Será que este año la Parca se llevó a demasiada gente valiosa y prefiero no tomar conciencia de semejante pérdida. Será que estas muertes son «relativas» (implican una desaparición exclusivamente física) y no merecen tanta prensa.

Dicho esto, debo decir que lamenté mucho el fallecimiento de Robert Altman. Si bien no soy fanática de su obra, siempre valoré al director norteamericano por su espíritu crítico, por su honestidad profesional, por su amor al cine.

Pensando en él, en su trayectoria, me acordé de MASH, película realizada en 1970 y fuente de inspiración de la exitosa serie de TV homónima, al aire entre 1972 y 1983. Como suele suceder, la caja boba volvió a limar asperezas y sutilezas. En este caso, edulcoró la postura anti-bélica de la propuesta original y prácticamente anuló la referencia obligada al accionar estadounidense en Vietnam (en realidad el largometraje se desarrolla en un campamento médico-militar montado en territorio coreano, pero la alusión es evidente cuando se tiene en cuenta el año de filmación).

Sin embargo, el trabajo de Larry Gelbart dejó algunas hilachas «altmanianas», es decir, cierta visión contraria a la «política exterior» yankee (yo lo llamaría «intervencionismo militar»), cierta intención de demostrar lo absurdo de las guerras, y cierta voluntad de señalar la eventual inconsistencia de la condición humana a la hora de enfrentar situaciones límite.

En M*A*S*H (la serie), el humor negro de Altman adquirió una tonalidad más bien gris (en el mejor de los casos, gris oscuro). De todos modos, la propuesta causó sensación no sólo en los Estados Unidos sino en gran parte del mundo. Probablemente en ese entonces nadie imaginaba que con el tiempo los productores televisivos se inclinarían por una caracterización mucho más solemne de médicosmilitares.

Sin dudas, don Robert debe ser recordado por sus producciones cinematográficas antes que por una serie inspirada en una de sus películas. El hecho es que, después de haber leído el artículo que Rogrigo Fresán publicó ayer en Página/12, me quedé sin palabras, apenas con la tibia ocurrencia de homenajear al fallecido director por la inolvidable impronta que -tal vez en forma involuntaria- también dejó en la televisión.