Después de la medianoche

Después de medianocheCon la excusa de contar una historia de amor contemporánea más o menos anodina, Después de medianoche le rinde honores a un amor mucho más grande, o más universal e incondicional: ése que algunos sentimos por el cine. El homenaje rescata sobre todo los inicios del Séptimo Arte, incluyendo a figuras como los hermanos Lumière, Buster Keaton y Anita Ekberg. Evidentemente, una propuesta ideal para cinéfilos.

A no confundir. Éste no es un documental. Es un simple relato de ficción, con la particularidad de que uno de los protagonistas trabaja como vigilador en el Museo de Cine de Turín. Por lo tanto, gran parte de la acción se desarrolla en ese lugar.

De todos modos, existe una faceta semi testimonial e incluso ensayística. Por un lado, igual que Giuseppe Tornatore con Cinema paradiso, Davide Ferrario recurre a escenas de viejos títulos para ambientar su propuesta. Por el otro, hay una voz en off que -además de narrar lo sucedido- reflexiona en forma amena sobre las películas y su magia a la hora de contar historias.

Sin dudas, emociona ver gags del cine mudo, o imágenes propias de los viejos panópticos y demás antecesores de los proyectores y cámaras actuales. Del mismo modo, causa gracia ver a Martino -el mencionado vigilador- repetir gestos y tropezones del legendario Keaton.

Quien lo interpreta -Giorgio Pasotti, a quien vimos en El último beso, también de Ferrairo- contagia esa fascinación por los films de antaño, esa manera de ver la realidad a través de una camarita convertida en reliquia. En esta pasión, lo acompañan de una manera más o menos distante los coprotagonistas Amanda y el ladronzuelo de autos apodado “El Ángel” -Francesca Inaudi y Fabio Troiano, ambos muy convincentes-.

Probablemente Después de medianoche no sea una “gran” película (tal vez el director debería haberle restado importancia a la voz en off y dejar que la historia se contara por sí sola). Pero sin dudas se trata de un título nostálgico, conmovedor, entrañable, que nos hace amar al cine todavía más. Y eso, al menos en mi caso, es mucho pero mucho decir.