Las dos caras de La Nación

En principio, los lunes son «el plato fuerte» de Espectadores. Justamente por eso las reseñas sobre algún estreno cinematográfico o teatral tienen prioridad este día. Sin embargo, por exigencias propias de una situación tan injusta como silenciada, ésta es una excepción a la regla.
——————————-

La Nación hacia afueraQuienes de alguna manera estuvimos/estamos ligados al periodismo, sabemos del corporativismo mediático; somos concientes de que los diarios y programas de radio/TV pertencen a empresas. De ahí que el denominado «cuarto poder» siempre se encuentre dispuesto a descubrir, revelar, denunciar la corruptela gubernamental, los excesos policiales, el patoterismo sindical, las transfugueadas financieras, pero jamás ventile sus propios trapos sucios.

Aquí no hay cuestión ideológica ni rivalidad económica que valgan. Ningún diario, canal de TV o emisora radial suelen hacerse eco de los conflictos laborales que puedan afectar a sus empleados (por supuesto) ni a los de la competencia (cuánta solidaridad).

Por suerte, existen alternativas de comunicación ajenas al corporativismo.
——————————-

Desde hace meses, los periodistas de La Nación -no todos*– buscan la manera de hacer pública su situación contractual. Ante la imposibilidad de recurrir a los medios más importantes (paradójico, ¿no?), la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (Utpba) está haciendo circular en la calle y entre colegas una fotocopia titulada Las dos caras de La Nación.

De manera esquemática, el pequeño folleto describe las diferencias entre lo que el centenario periódico muestra hacia afuera y lo que esconde adentro. Así nos enteramos de que en 2006 el pasquín fundado por don Bartolomé Mitre «vendió 2.178.000 ejemplares más que en 2005», «facturó unos $25 millones mensuales sólo por avisos publicitarios«, y sin embargo no aumentó el salario real de muchos de sus periodistas «en más de una década».

También leemos sobre la «violación sistemática del Estatuto del Periodista Profesional (Ley 12.908) y del Convenio colectivo 301/75 de Prensa Escrita y Oral vigentes», sobre la presión ejercida contra los empleados «para que no concurran a las asambleas generales», y sobre la estrategia de «otorgar aumentos selectivos» con la intención de dividir a quienes se reúnen para expresar su legítimo reclamo.

Quién lo hubiera dicho… Fiel a nuestra idiosincrasia patotera, La Nación también aplica la técnica del apriete. De hecho, ante estas circunstancias, los secretarios de redacción pierden el civismo, la diplomacia y el savoir faire de los que tanto se enorgullecen. En cambio, escandalizados por el atrevimiento y la ingratitud de los asambleistas, no les tiembla el pulso a la hora de recurrir a amenazas burdas, simplonas pero efectivas: el despido, el congelamiento salarial irreversible, el maltrato diario.
——————————-

Quienes saben algo de historia argentina (favor de abstenerse los amantes de la historia oficial) conocen la excelsa trayectoria de Bartolomé Mitre y de su diario. En ese caso, el contenido de este post no debería sorprender sino más bien confirmar la ideología de un periódico cuyo concepto de democracia, libertad e igualdad se reduce al bienestar de unos pocos.

Aún así, cuando leemos la síntesis histórica con la que La Nación se presenta ante sus lectores o cuando nos topamos con un artículo sobre la necesidad de un empresariado con mayor conciencia social, la confirmación inicial desemboca en indignación total.

——————————-

La Nación hacia adentro* Con un dejo de candidez, uno espera que los columnistas y colaboradores más renombrados de La Nación rompan el silencio impuesto, y de algún modo levanten la perdiz sobre la situación laboral de sus colegas. Después de todo, los popes Joaquín Morales Solá, Mariano Grondona y Magdalena Ruiz Guiñazú parecen lo suficientemente intocables como para seguir siendo fieles a su política de publicar editoriales severísimos contra la explotación, el abuso de autoridad y el matrato laboral ejercidos en otros espacios y circunstancias.

Por lo visto, la metáfora de «las dos caras» se encuentra lejos de circunscribirse a una cuestión meramente institucional.