Muriendo por un sueño

Muriendo por un sueñoAtenta a las recomendaciones de los visitantes de Espectadores, decidí alquilar Muriendo por un sueño, sugerida por el amigo Sergio. Prometedora por definición (recordemos que se trata de una crítica a los reality shows y al american dream), la película de Paul Weitz se queda a mitad de camino entre la parodia burda y la fábula con moraleja. Lenta, estereotipada, previsible, la propuesta sufre de las mismas fallas que se esfuerza por señalar.

A priori podría decirse que este film peca por pretencioso. De hecho, eso de sacarles el cuero simultáneamente a la TV yankee, en especial a los programas del estilo de American Idol, y al mismísimo Presidente de los Estados Unidos es una tarea monumental, no apta para cualquiera.

Al menos en este caso, la decisión de trazar un paralelismo entre los entretelones de un concurso televisivo basado en el mito del sueño americano y las vicisitudes de un primer mandatario abrumado por las circunstancias resulta bastante forzada. Prueba de ello la agotadora necesidad de subrayar los aspectos en común entre un gobernante pusilánime, convertido en simple marioneta de algún espíritu maquiavélico, y aquellos ciudadanos dispuestos a acatar toda clase de directivas -aún las más inescrupulosas- con tal de alcanzar sus preciosos quince minutos de fama.

De esta manera, el guión escrito por el mismo Weitz se caracteriza por su redundancia, por su obviedad. Es cierto que las parodias suelen basarse en estereotipos y en lugares comunes para luego criticarlas e incluso demolerlas. El problema de este largometraje es el abuso de dicho recurso.

Tanto es así que, por momentos, uno tiene la sensación de estar mirando La pistola desnuda. En vez de Dennis Quaid, bien podría haber sido Leslie Nielsen el encargado de interpretar al Presidente Staton. Lo mismo sucede con el personaje de William Williams: no hay muchas diferencias entre el desempeño de Chris Klein y de O.J. Simpson (digan que aquí el «physique du rol» exige a un actor de raza blanca). Hasta los iraquíes terroristas parecen sacados de las comedias de David Zucker.

Por si esto fuera poco, a veces la intención paródica pierde pie, consistencia, fuerza ante el objeto parodiado, y uno realmente cree estar mirando American Idol u otro show similar. En este punto, no queda más que disfrutar de la voz de la ascendente Mandy Moore/Sally Kendoo. 

Decididamente, Muriendo por un sueño es un largometraje totalmente intrascendente. A lo sumo, lo recordaremos por la caracterización de Willem Dafoe a lo Donald Rumsfeld, y de paso cañazo las admiradoras de Hugh Grant nos contentaremos con reencontrarlo (y además reconocer que los personajes soberbios, displicentes, antipáticos le van muy bien).

Por favor, a no confundir títulos. Para crítica ácida, inteligente, sin concesiones sobre el american dream y su contrapartida televisiva, nada mejor que Todo por un sueño de Gus Van Sant. 😉