El ilusionista

El ilusionistaValga el juego de palabras, El ilusionista es una película ideal para la evasión. Para escapar de la rutina, e ingresar a un mundo de magia, romance y complot político. En este sentido, nada más conveniente que viajar en el tiempo (fines del siglo XIX) y en el espacio (la exquista ciudad de Viena), y pocas cosas tan tentadoras como presenciar la historia de amor entre un mago y una condesa.

Sin dudas, lo mejor del film de Neil Burger es la recreación histórica. De hecho, la escenografía y el vestuario nos sumergen inmediatamente en plena Belle Epoque, momento donde en Europa el positivismo cientifíco-filosófico y un aparente bienestar social impiden anticipar el advenimiento de un siglo XX conflictivo y por etapas devastador.

El contexto resulta propicio para la irrupción del ilusionismo, y su confrontación con el imperio de lo racional (en este sentido, resulta muy interesante el reflejo de dicha confrontación en la rivalidad entre el mago Eisenheim y el príncipe Leopoldo, siendo el primero el artífice del encanto y el segundo, el personaje empeñado en descubrir trucos y acusar fraude).

En este punto, cabe señalar otro gran mérito de esta producción: los efectos especiales detrás de los pases de magia. Decididamente, se trata de FX sutiles que esconden la intervención de la informática, y que nos sitúan a la par de ese público ansioso por asisitir a un espectáculo sin precedentes.

Aunque a todas luces se trata de una propuesta recomendable, El ilusionista presenta algunos aspectos reprochables. Entre ellos, el más notorio remite a la confección de un guión demasiado largo, a veces redundante, que parece haber tenido problemas a la hora de desprenderse del formato literario (tengamos en cuenta que estamos ante la adaptación cinematográfica de una novela de Steven Millhauser).

A título personal, también debo confesar que Edward Norton nunca me conmueve demasiado. A cargo del rol protagónico, es cierto que logra transmitir el carácter enigmático, infranqueable de Eisenheim pero -será una limitación exclusivamente mía- siempre da la sensación de que el actor tapa al personaje (cosa que en cambio no sucede con Paul Giamatti, cuya interpretación del inspector Uhl es realmente convincente).

«Mi única misión es entretener», explica el mago a sus fieles seguidores, cuando éstos intentan rescatarlo de la detención policial. La frase resulta igualmente válida para describir las intenciones de Burger y -por supuesto-  Millhauser. De ahí que, más allá de algunos posibles reparos, bien pueda decirse «misión cumplida».