Pequeña Miss Sunshine

Pequeña Miss SunshineUn gusto ver Pequeña Miss Sunshine. Una brisa de aire primaveral para este octubre que ya nos rescató del invierno. Una caricia de buen cine que nos amansa y gratifica. Una comedia alejada de las ñoñerías empalagosas, de las fórmulas repetidas, de los happy ends complacientes.

Dicen los que saben que es muy difícil dirigir de a dos. Algunos críticos sostienen que los hermanos Joel y Ethan Coen pertenecen al exclusivo grupo de dúos excepcionales. Tal vez sea un poco apresurado pensar en Valerie Faris y Jonathan Dayton como en (futuros) miembros del club, pero bien podemos empezar a contemplar la posibilidad.

Por lo pronto, se nota que este matrimonio proviene del mundo del videoclip y de la publicidad, que lo suyo está en el poder de síntesis y en la pertinencia de un buen remate. De hecho, éste, su primer largometraje con todas las letras, apela a distintos recursos del advertising: la reiteración (por ejemplo los famosos «nueve pasos» de Richard), la hipérbole (el destino del abuelo Edwin), el factor sorpresa (el desenlace del ansiado concurso de belleza).

El guión de Michael Arndt juega con el factor tiempo (los personajes deben llegar puntuales al mencionado concurso) y con las irregularidades propias de todo viaje (tengan en cuenta que estamos ante una road movie) para armar un crescendo de situaciones dramáticas, hilarantes, absurdas.

En algún punto, Pequeña Miss Sunshine tiene varios aspectos en común con Familia rodante, del argentino Pablo Trapero. De hecho, los dos films relatan el traslado de una familia que debe asistir a un evento importante. Así, en ambos casos los espectadores presenciamos las peleas, discusiones, desventuras que enfrentan padres, hijos, tíos, abuelos.

Sin embargo, las diferencias existen. Mientras el título criollo retrata la idiosincrasia de la clase media vernácula, el norteamericano se concentra no tanto en una cuestión de estrato social sino más bien en una «tara nacional»: la obsesión que suele manifestar la cultura yankee por la «necesaria» distinción entre «ganadores» y «perdedores».

Esta road movie también se destaca por sus buenas actuaciones. Los seguidores de Toni Collette nos alegramos de reencontrarla en forma, aparentemente recuperada del nefasto traspié de En sus zapatos. En segundo lugar, quienes alguna vez descreímos de Steve Carell en esta ocasión nos sentimos con ganas de darle un changüí. Por último, reconforta ver que a Greg Kinnear, típico galancete condenado a roles secundarios, lo contrataron para un papel algo más interesante.

Familia rodanteHaciendo un rápido repaso de las reseñas publicadas en diarios locales, me topo vía Página/12 con el texto de Luciano Monteagudo que les quita todo mérito a Faris y Dayton. Entre otras cosas, los acusa de jugar «un par de cartas seguras en el imaginario del cine independiente estadounidense» y de entregar un producto «lo suficientemente liviano y condescendiente como para no herir la susceptibilidad del público de los multicines».

No podría estar más en desacuerdo con esta sentencia. Pequeña Miss Sunshine no busca complacer a nadie; tampoco pretende instalar una crítica despiadada al estilo Todd Solondz. Ésta es simplemente una pequeña fábula sobre las falencias, las contradicciones, el sinsentido de un sistema pseudo ganador, sumido en la peor de las crisis. ¿Por qué exigirle un sarcasmo, una estilete transgresor que a todas luces no necesita?