La canción más triste del mundo

La canción más triste del mundoLa canción más triste del mundo es un homenaje al cine de antaño. Aunque ambientada en la década del ’30, esta película remite a los albores del Séptimo Arte. A esa combinación entre lo onírico y lo circense, presente en la obra de los grandes pioneros del celuloide como el tantas veces recordado Georges Méliès.

El film de Guy Maddin se destaca entonces como una propuesta excepcional en una cartelera netamente contemporánea. De ahí que sea poco recomendable para quienes busquen una producción convencional, respetuosa de los criterios argumentales, estéticos y técnicos actuales. 

En cambio, quienes deseen ver algo distinto, incluso bizarro, podrán disfrutar de una historia donde no falta nada ni nadie: entre los ingredientes más descabellados (algunos escatológicos), figuran una ninfómana amnésica, una empresaria mutilada, un médico inventor de prótesis transparentes y rellenas de cerveza, un violinista devastado por la muerte de su hijo.

A todo esto hay que sumarle un sentido del humor particular que se ríe un poco de los Estados Unidos. Por ejemplo, de sus medios de comunicación (a través de los dos locutores de radio), de la exacerbación de la competencia (a partir del concurso musical), de cierto accionar inescrupuloso (el participante norteamericano siempre busca comprar a sus rivales).

Por otra parte, el largometraje permite reencontrarnos con la bellísima Isabella Rossellini, ícono de la pantalla grande, figura que aparece esporádicamente en la cinematografía actual pero que suele jugarse -como en esta ocasión- por productos excepcionales, en alguna medida transgresores.

Para terminar, La canción más triste del mundo también se destaca por una estética cuya alternancia entre los tonos grises y sepia colabora con este ferviente tributo al cine del siglo pasado. De esta manera, el título de Maddin nos regala un poco de ensoñación, algo de melodrama, una pizca de cinismo, y sobre todo mucho de incondicional cinefilia.