Cándido

Cándido«Vivimos en el mejor de los mundos posibles», se repetía Cándido a modo de consuelo cada vez que enfrentaba una nueva tragedia. Pronunciada con convicción a lo largo de toda la obra, la frase escondía una burla solapada al exacerbado racionalismo del pensador alemán Gottfried Wilhelm Leibniz. Lo llamativo es que, a dos siglos y medio de su publicación, el cuento de Voltaire aún hoy mantiene su vigencia como respuesta cínica ante el férreo optimismo de algunos y la incurable ceguera de otros.

Cuentan los que saben que este relato nació de una anécdota relacionada con el gran terremoto que azotó a Lisboa en 1755. Abrumado por los acontecimientos, el filósofo francés redactó un poema alusivo que entre otras cosas cuestionaba la existencia de una supuesta «divina providencia». Parece que las vestiduras no tardaron en rasgarse y entre los escandalizados Leibniz se apuró a sentenciar que, en contra de cualquier apariencia, en este mundo todo ocurre por alguna razón y para el bien de la humanidad.

Indignado -o más bien divertido- por la ingenuidad de su colega germano, Voltaire decidió dedicarle estas páginas sobre las terribles desventuras de un joven noble e idealista. De hecho, la expulsión de su castillo, las sacudidas de un terremoto, la violación de su prometida, la mutilación de su propio cuerpo fueron algunas de las catástrofes soportadas y narradas.

Escrita con una ironía despiadada, la obra tiene momentos realmente hilarantes. Analizado desde una perspectiva contemporánea, el contraste entre lo exagerado de ciertas situaciones y la imperturbable bonhomía del protagonista nos hace pensar en aquellas propuestas cómicas de cine y TV cuyos personajes soportan todo tipo de embates sin nunca perder la calma (salvando las distancias se me ocurre el ejemplo del sufrido Rogelio Roldán interpretado por nuestro Negro Olmedo).

Siempre contemplada desde el presente, Cándido también podría convertirse en una road movie encargada de plasmar la travesía de este personaje dispuesto a aprender y a madurar. Tal vez a algún productor de Hollywood le interese la idea de un guión convenientemente adaptado que -despojado del sarcasmo original- reivindique los dos postulados por antonomasia, a saber: que en nuestra existencia lo único que vale la pena es «cultivar el propio huerto», y que efectivamente «vivimos en el mejor de los mundos posibles».