Tato Bores

Afiche de Tato, de 1966Extraño mucho a Tato. Al Tato de América, al Actor Cómico de la Nación, al alter ego de Mauricio Borensztein. Extraño los domingos a la noche, cuando aparecía con su peluca pilinchuda, sus anteojos gruesos, su frac ajustado, sus habanos perfumados, sus teléfonos negros, sus patines aceitados. Extraño su «¡Buenas noches Sr. Presidente, ¿cómo le va, cómo está usted?!». Extraño su copita de champagne, sus tallarines. Y por supuesto extraño sus monólogos, su verborragia, su lucidez.

Lo vi por última vez en aquel ciclo especial que Canal 13 emitió en 1999. En ese entonces ya habían transcurrido tres años desde su muerte, y sin embargo ningún aspecto del programa resultó anacrónico. Al contrario… Todo se adaptó perfectamente al contexto post menemista, tanto que volví a reírme de -parafraseando a don Ernesto Sábato- «el duro oficio de ser argentinos».

Es que, para dar a conocer nuestra idiosincrasia, para descubrir detalles de nuestra Historia (reciente y no tanto), para desnudar a personajes y personajones de nuestra cara política nacional, nadie más certero que Tato. Nada más revelador que las crónicas de sus recorridas por Plaza de Mayo, por la Casa Rosada, por el Congreso, por Tribunales. Nada más elocuente que las conversaciones telefónicas con el Primer Mandatario de turno.

¡Pero atención! El mérito debe ser compartido. Por un lado, los monólogos del capo cómico eran obra de grandes humoristas y guionistas entre los cuales se destacaban Landrú, César Bruto, Juan Carlos Mesa, Carlos Abrevaya, Jorge Guinzburg, Jorge Basurto y Santiago Varela. Por el otro, Bores también supo apoyarse en un elenco excepcional cuyos integrantes lo acompañaron durante ciclos enteros (recuerdo especialmente a Roberto Carnaghi, Gabriela Acher, Hugo Arana, Gerardo Romano, Alberto Martín).  

A veces, mientras hablaba a un ritmo híper acelerado, Tato se permitía detenerse unos segundos para abrir paréntesis y aclarar sus discrepancias en cuanto a ciertas observaciones o reflexiones autorales. Una vez partidas las diferencias, seguía el curso del parlamento con una fidelidad y meticulosidad poco habituales en otros colegas del humor.

Sin dudas, el hombrecito de peluca y frac fue un elemento urticante -cuando no subversivo- para la TV vernácula. Por lo pronto, representó un cascote en las botas militares (que directamente lo prohibieron) y una piedrita en los escarpines de nuestra incipiente democracia (cómo olvidar la bochornosa censura aplicada en 1992 por la igualmente bochornosa jueza Barú Budú Budía, perdón, Servini de Cubría).

Cómico por vocación, Tato se convirtió involuntariamente en analista político, quizás uno de los más agudos y honestos que nos tocaron en suerte. Será por eso que hoy, aún diez años después de su muerte, algunos seguimos lamentando su ausencia…. y extrañándolo (mucho).