Perdidos en la noche

Cowboy de medianocheDespués de mirar Perdidos en la noche, uno se pregunta qué le pasó al cine estadounidense en los últimos años, en qué quedaron los esfuerzos de la década del ’60/’70 por hacer películas originales, comprometidas, ajenas a la burbuja hollywoodense. En principio la respuesta no parece muy alentadora.

Inspirado en la novela de James Leo Herlihy, el film del ya fallecido John Schlesinger relata el encuentro de dos hombres marginales, excluidos del sistema. Por un lado, está Enrico Salvatore/Dustin Hoffman, que vive del hurto y de la estafa a pequeña escala. Por el otro, tenemos a Joe Buck/Jon Voight, cowboy sureño devenido en gigoló de poca monta.

Ambos recorren la ciudad de Nueva York, con su pasado y sus desgracias a cuestas. El primero desciende de aquellos inmigrantes decididos a hacerse la América pero aplastados por la indiferencia de una sociedad que los ignora, desprecia, maltrata. El segundo representa al vaquero de tierra adentro, que perdió el tren de la modernidad y su lugar en el mundo.

Evidentemente nos encontramos con dos prototios de norteamericanos totalmente alejados de los exitosos rubios de ojos claros que suele mostranos la meca del cine. Es más, en este largometraje ni siquera es posible reconocer a la Big Apple de postal. De hecho, la cámara de Schlesinger nos pasea por rincones y reductos oscuros, sucios, sórdidos que nada tienen que ver con las grandes luces, las grandes avenidas, los grandes emporios, las grandes oportunidades.     

Al margen de su interesante connotación social, este largometraje también se destaca por un par de aspectos fundamentales. El primero: un guión creíble, muy bien llevado, que sabe evitar los lugares comunes y los estereotipos. El segundo: las actuaciones; seguramente uno de los mejores trabajos de Hoffman y Voight, tanto que uno no sabe con quién quedarse (a título personal inclino la balanza hacia el padre de Angelina, por cómo transmite la candidez y bonhomía de su personaje).

Filmada en 1969, Perdidos en la noche ha conservado su pertinencia y su vigencia así como su fuerza concientizadora y emotiva. Por eso vale la pena (volver a) verla, y de paso preguntarse qué le habrá pasado al cine norteamericano. Les anticipo que la respuesta no es muy alentadora.