Transamerica

TransamericaAntes de comentar Transamerica, siento la imperiosa necesidad de dedicarle estas primeras líneas a la pacatería del público porteño de medio pelo. A esas señoras de edad avanzada que concurren a los cines de Belgrano para matar el tiempo, sin antes haberse tomado la molestia de elegir un estreno acorde a sus preferencias e intereses. O, peor aún, a aquellas parejas maduras que pretenden probarse cuán «progre» son, simplemente por el hecho de ver un largometraje sobre transexualidad. 

Compartir una sala con estos espectadores es sin dudas un desafío cuyos resultados dejan bastante que desear. Primero, porque los «uuuyyyyyyy», los «ay, Dios», los «me perdí», las risotadas desubicadas son sólo algunas de las tantas expresiones de discriminación, prejuico e imbecilidad que impiden una concentración mínima y necesaria para meterse de lleno en la pantalla grande. Segundo, porque -ante semejante demostración de mojigatería, hipocresía, limitación- uno confirma la terrible sospecha de que la sociedad no tiene  demasiadas chances de ponerle fin a su tilinguería habitual.

Una vez exorcizada la bronca, ahora sí este post adquiere una consistencia propiamente cinéfila, y presenta el análisis de una película que, si bien tiene sus méritos innegables, no termina de convencer.

Supongo que el principal reproche a este largometraje remite a la decisión de tratar dos temas muy complejos de un solo tirón. De hecho, un poco como Tod Williams con Las aventuras de Sebastian Cole, el guionista/director Duncan Tucker aquí también propone el encuentro de un hijo adolescente rebelde, casi border, con un padre a punto de convertirse en mujer.

En ambos casos, uno desearía que la historia se hubiese concentrado en uno u otro punto de vista, y no que se quedara a mitad de camino entre girar en torno a una compleja relación filial y privilegiar el vía crucis de quien planifica un cambio de sexo. En el caso puntual de Transamerica, tal vez habría convenido sacarle más provecho a Felicity Huffman, cuya entrega y compromiso permiten mostrar la mente, el corazón, el cuerpo de la conmovedora Bree Osbourne.

En cambio, la aparición de Toby desvía la atención y, por si esto fuera poco, convierte al film en una fábula sobre un (re)encuentro tratado de distintos modos (¿se acuerdan de Flores rotas?), ya conocido y por lo tanto bastante previsible. Una verdadera pena.

No obstante, Transamerica también cuenta con puntos a favor. Además de buenas actuaciones, se destaca un guión bien intencionado, serio, que trata por todos los medios de evitar el toque edulcorado y moralista de Hollywood. 

El hecho de que a veces no lo logre no es tan grave. Después de todo, ¿porqué habríamos de exigirle a Tucker mayor originalidad, sutileza, profundidad cuando gran parte de sus espectadores son incapaces de retribuirle el esfuerzo con madurez, inteligencia, respeto y un mínimo de sensibilidad?