Derecho al llanto

Mujer en llanto, de Pablo PicassoAsí como individuos y asociaciones exigen que el gobierno de la ciudad instale baños en las veredas (de ésos que, como los de París, se parecen a cabinas telefónicas herméticamente cerradas), desde este espacio me atrevo a solicitar excusados o «refugios» que alberguen a quienes por alguna razón no pueden impedir su llanto en la vía pública.  

¿O acaso nunca salieron de una humillante discusión laboral, y sintieron la imperiosa necesidad de descargar bronca e impotencia? ¿Y cuando un profesor tirano, arbitrario, perverso nos reprueba en el tan temido examen final? Y, peor aún… ¿Cuando abandonamos un consultorio cuyo médico nos anuncia un diagnóstico poco feliz?

¿Y cuando en un bar nos anuncian que han dejado de querernos? O cuando en plena caminata urbana el celular nos sacude con la voz de un pasado añorado pero irrecuperable. ¿Acaso no entregaríamos un reino por un discreto rincón donde liberar tanto desconcuelo?

¿Cuántas veces por éstas y otras razones debemos aguantar la garganta tensa, los ojos inundados, el estómago anudado? ¿Cuánto tiempo debemos reprimirnos hasta que llegamos a casa y -ahí sí- nos permitimos expulsar mocos, lágrimas, sollozos?

Vaya esfuerzo agotador, si los hay.

Por eso insisto. Es hora de que los gobiernos diseñen y construyan excusados o «refugios» reservados para contener a sus ciudadanos en pena. Concienticémonos, unámonos, manifestemos, reclamemos. Todo por nuestro inalienable derecho al llanto.