El cazador oculto

El cazador ocultoEl cazador oculto o El guardián en el centeno. Éstos son los títulos alternativos para The catcher in the rye, libro de J.D Salinger célebre por su perfil anti-sistema o, peor aún, anti-norteamericano. Denostada por los sectores más conservadores del gran país del Norte, la novela revela los sentimientos y reflexiones de un adolescente de clase acomodada y, sin embargo, absolutamente disconforme con su vida, su entorno y sus congéneres.

El relato en primera persona de Holden Caulfield menciona a personas exitistas, pacatas, prejuiciosas, superficiales, abúlicas, cuyo retrato parece resumir la idiosincrasia del estadounidense medio. Imaginen cuánto habrá molestado el fresco, que en 1990 la American Library Association ubicó a esta obra entre «las más cuestionadas del año», aún cuando ya habían pasado cuatro décadas desde su primera aparición.

Y este ranking es apenas un indicio. De hecho, las malas lenguas se encargaron de calificar a The catcher… como «libro de cabecera» de Mark David Chapman, quien matara a John Lennon en diciembre de 1980, y de John Hinckley, Jr., responsable de haberle disparado a Ronald Reagan meses más tarde. Por si esto fuera poco, también se rumorea que un buen tiempo antes Lee Harvey Oswald se habría inspirado en la prosa salingeriana para asesinar a Kennedy.

De ser esto cierto y considerando lo mucho que me gustó la novela, supongo que corro serios riesgos de convertirme en magnicida o simple mercenaria. Ante semejante peligro, mejor aferrarme a la cordura y seguir escribiendo.

Lo cierto es que, al margen de posibles chascarrillos, el texto de Salinger atrapa de principio a fin. Primero nos enganchamos con el «runrunear» permanente de una mente empecinada en observar, preguntar, analizar, comentar. Segundo nos conmovemos ante las impresiones y consideraciones de un joven solitario, sensible, angustiado, especie de oveja negra perdida en un mundo que le resulta ajeno y hostil.

El autor no sólo sabe acaparar nuestra atención; también logra que establezcamos una relación afectiva, entrañable con el protagonista. De ahí que uno se niegue a interrumpir la lectura y que -cuando no queda otro remedio- uno siga pensando en Holden, como cuando se piensa en un amigo. 

The catcher in the rye provoca la fascinación de todo monólogo interno bien escrito, con un estilo típicamente desordenado, espontáneo, coloquial. Por eso atrapa, convence, conmueve. Por eso -y que me perdonen sus detractores- no corre ningún riesgo quien decida elegirlo libro de cabecera.