Días de furia

Dias de furiaPor favor, a no confundir Días de furia con Un día de furia, dirigida por Joel Schumacher e interpretada por Michael Douglas. A saber, la opera prima de Niels Mueller supera la clásica historia del ciudadano-común-superado-por-las-circunstancias-y-convertido-en-sociópata, y se atreve a escarbar un poco más en la mismísima podredumbre del american dream. De ahí esta recomendación especial dedicada a los espectadores interesados en el género cinematográfico de «denuncia».

Basado en hechos reales, este film parte de una anécdota específica -un intento de secuestro aéreo, ocurrido en 1974- para describir la acusiante situación de un tipo común, agobiado por un sistema que lo explota, lo maltrata, lo humilla, lo excluye. Entonces, aquí no importa tanto el hecho en sí -es decir, el delito cometido- sino los momentos previos, el caldo de cultivo* donde se cocina el «clic» final que accionará el gatillo de la tragedia.

Por consiguiente, Días de furia no aplica la típica fórmula de acción cuyo protagonista se convierte en un loco mesiánico determinado a administrar justicia por mano propia. Al contrario, el Samuel Bicke encarnado por el siempre versátil Sean Penn cumple con el perfil del antihéroe condenado al peor de los destinos.

Por tirado de los pelos que parezca, debo confesar que -salvando las enormes distancias- este personaje me trajo reminiscencias de El rey de la comedia. Por un lado, el largometraje de Martin Scorsese también presenta el conflicto entre un «loser» y un entorno competitivo, implacable, perverso. Por el otro, las características físicas de Bicke son similares a las del recordado Rupert Pupkin, interpretado por el entonces joven Robert De Niro.

Claro está, el experimentado director neoyorkino prefirió explotar una veta tragicómica a la hora de relatar su fábula, y hasta le concedió un final feliz (sarcástico pero feliz). Mueller, en cambio, apuesta a la contundencia del drama y a la fatalidad de lo real.

En Días de furia, el otro gran protagonista es Richard Nixon (de hecho, el título original de esta película es The assassination of Richard Nixon). En numerosas ocasiones, Bicke/Penn se enfrenta -televisión y radio mediante- al ex Presidente norteamericano.

De esta manera asistimos a las dos caras, a los polos opuestos del sueño americano. Sin dudas, toda una alegoría válida aún en nuestro tiempo.

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* A diferencia de Schumacher, que prefiere contar lo que sucede después del mencionado «clic», Mueller se concentra en el antes.