Que sea rock

Que sea rockUn poco como el fútbol y el cine, el rock también despierta pasiones, genera debates, provoca peleas. Es de esperar entonces que la película producida por Héctor Olivera haya sido objeto de alabos, objeciones, reacciones encontratadas, raramente indiferencia. A título personal, debo confesar una mezcla de sentimientos que lamentablemente terminó desembocando en una irremediable desazón.

Este film se pretende homenaje y, como tal, apela a la intervención de personalidades infaltables, miembros de «la vieja guardia» –León Gieco, Charly García, el flaco Spinetta, Pappo, Fito Páez, Gustavo Cerati– y con representantes de la movida actual –Ataque 77, Las Pelotas, Bersuit Vergarabat, Intoxicados, Catupecu Machu, entre otros-. En este sentido, habrá que reconocer la intención de abarcar pasado y presente de un fenómeno tan masivo como vigente. 

Sin dudas, la introducción del largometraje es conmovedor, especialmente para quienes acusamos treintaypico y consideramos a Hombres de hierro como un himno del cancionero popular. De la misma manera, los pantallazos del fallecido Pappo y del consumido Charly proporcionan la dosis nostálgica necesaria para conseguir la aprobación inicial de quienes mamamos el rock nacional de los años ’80.

Sin embargo, si la miramos desde una perspectiva historicista, Que sea rock presenta baches casi imperdonables. Me refiero concretamente a la ausencia de solistas y grupos que fueron -y siguen siendo- referentes incuestionables. Desde este punto de vista, cuesta entender porqué los guionistas Sebastián Schindel y Nicolás Avruj olvidaron (¿?) mencionar a figuras como Tanguito, Lito Nebbia, ¡Luca Prodan! Miguel Abuelo y a bandas como Serú Girán, Virus, Sumo, Divididos, Los redonditos de ricota

Por otra parte, llama la atención que la única mujer con un espacio (pequeñísimo, apenas un cameo) en este tributo sea Gabriela Martínez, bajista de Las Pelotas. Al parecer, Fabiana CantiloCeleste Carballo, María Gabriela Epumer no merecen absolutamente ninguna alusión.

A partir de estas carencias, uno empieza a sospechar la existencia de ciertas limitaciones de producción que explicarían la presencia de las mencionadas lagunas. Desde esta perspectiva y con buena voluntad, podríamos hacer la vista gorda respecto de los mencionados agujeros negros.

En cambio, lo que definitivamente no puede pasarse por alto es la (mala) distribución de los tiempos dedicados a cada grupo o solista. Dicho de otro modo, cuesta justificar la resolución de concederle tantos minutos a la anécdota de Gustavo Cordera sobre el profesionalismo de la Bersuit, y tan poco al mismísimo Charly o a Andrés Calamaro.    

Ni hablar del mezquino pantallazo dedicado al relegado Miguel Cantilo, o la decisión reduccionista de acotar la movida rosarina a los maullidos espasmódicos del sobrevalorado Fito. Y qué decir de otras dos omisiones flagrantes: la de los fanáticos (muy pocas escenas los incluyen; la mayoría los condena a la mínima expresión de una masa afín al pogo); la del contexto histórico (salvo por la distinción que hace Gieco entre los recitales de los ’70, ’80 y ’90, el rock aparece como un hongo salido de la nada). 

«El camino al infierno está lleno de buenas intenciones», reza el viejo refrán, perfectamente aplicable al proyecto de Olivera. Es una pena; el rock argentino merece mucho más que la reivindicación de una efectiva proclama.