Ray Bradbury

Ray BradburyHacía tiempo que quería dedicarle un «post tributo» a Ray Bradbury, referente indiscutible de la literatura futurista y fantástica, un favorito -«insuperable»- de mis años púberes. Lo descubrí a los 11, cuando me regalaron Las doradas manzanas del sol. Desde entonces me convertí en una suerte de «lectora en serie»; de ahí la adquisición compulsiva de Crónicas marcianas, Fahrenheit 451, El país de octubre, El hombre ilustrado, El vino del estío, entre otros.

De este escritor norteamericano, me fascina el equilibrio justo entre una redacción llana, directa, casi periodística, y la presencia de comparaciones, metáforas, sinécdoques y demás figuras literarias muy amenas y bellas. De hecho, en sus cuentos absolutamente nada está de más. Al contrario, cada oración, cada palabra, cada coma tiene una razón de ser, una «función» -narrativa o poética- dentro del relato.

Aún hoy recuerdo el estremecimiento que en su momento me causaron algunas descripciones del planeta Marte o de la tantas veces mencionada Illinois, ciudad natal de Bradbury. Y no estoy hablando de parrafadas lacrimógenas interminables, sino de tres o cuatro oraciones precisas, medidas, con la elocuencia y la estética suficientes y necesarias.

Sin dudas, este autor tiene el triple mérito de entretener, conmover y concientizar. Un poco como Julio Verne, Ray supo anticiparse a su época y -en plena década del ’50- ya imaginaba casas inteligentes, seres humanos totalmente «tecnoadictos», incursiones espaciales, guerras bactereológicas, genocidios que dejaban a ciudades vacías pero intactas.

A diferencia de lo que sucede con la mayoría de sus colegas, su ciencia ficción habla más de hombres, mujeres y niños que de robots y aliens. Es más, su visión escéptica -cuando no pesimista- del futuro siempre señala a nuestra humanidad como única responsable de un mundo explotado, maltratado, agotado, devastado, en vías de extinción.

Si la rivalidad Boca-River pudiera aplicarse a la literatura futurista contemporánea, entonces tal vez deberíamos abordar la eterna contraposición entre Bradbury y Asimov. Pero mejor no… A esta altura del partido, mi voto ya es cantado y -fiel a una conducta fanática- asumo que la mitad más uno respalda al único e indiscutido dueño de este sucinto pero muy sentido post.