Dulces tentaciones

La Hermana BernardaSi Narda Lepes tuvo su post, la Hermana Bernarda bien merece el suyo. Tarde pero seguro, llega esta breve reseña sobre la monja más adorable de la TV vernácula. El título de su programa –Dulces tentaciones– lo dice todo, y sin dudas resulta una invitación ineludible para estómagos golosos y manos reposteras.

Descubierta por los productores de El Gourmet, quien alguna vez respondiera al nombre de Florentina Seitz supo cautivar a una audiencia acostumbrada a cocineros fashion y grandilocuentes. Tal vez porque su procedencia y sus modos poco tienen que ver con el ambiente mediático moderno y ultra vanidoso, la religiosa causó sensación. 

Probablemente la memoria colectiva de la gente la asocie con la imagen intacta de una abuela dedicada a su cocina y a su familia. Desde esta perspectiva, la Hermana Bernarda se parece a nuestra nona por dos razones: primero porque trabaja con utensilios tradicionales, caseros (nada de batidoras modernas ni hornos industriales, ¡mucho menos microondas!); segundo porque utiliza las porciones y cantidades justas y necesarias (jamás derrocha ingredientes, mucho menos comida). 

Me gusta verle las manos a María Bernarda. Me gusta cuando adorna sus platos con florcitas silvestres, y nos habla de la importancia de agasajar a los seres queridos. Me gusta su acento traído del viejo continente. Me gusta cuando se despide a cámara y nos tira un beso con la mano, antes de desaparecer de escena.

Por todo esto, Dulces tentaciones es mucho más que un programa de la TV gastronómica. Es un pedacito de alma sensible, serena, generosa, cuyo brillo supera al de las rutilantes luces catódicas.