Manderlay

ManderlayCon una mano en el corazón, confieso que me cuesta mucho escribir sobre Manderlay. Cuando salí del cine, mis impresiones, sensaciones, reflexiones se superpusieron de una manera bastante confusa, e incluso contradictoria. Por eso preferí esperar al menos 24 horas antes de emprender la redacción de la infaltable reseña.

Empecemos por los «no»…
La película del polémico Lars Von Trier es poco recomendable para un domingo a la tarde, o para quienes padecen las últimas horas del fin de semana. Tampoco deberían verla quienes se adviertan con pocas luces, o con pocas pulgas. Ni los detractores del «cine sobre tablas», ni por supuesto los amantes de la acción y los efectos especiales.

Habiendo visto Dogville, también creo que esta secuela corre serios riesgos de resultar redundante (pienso en quienes asistieron a aquella primera parte protagonizada por Nicole Kidman en 2003). Es que Manderlay retoma la estructura narrativa, la escenografía básica, las actuaciones reconcentradas de su antecesora. Entonces lo que hace tres años sorprendió, cautivó, sacudió, hoy se presenta como bastante previsible, y por lo tanto poco novedoso. 

… sigamos con los «sí»…
Resumiendo, este largometraje exige que el espectador esté bien descansado, con las neuronas atentas, y sobre todo con ganas de entregarse a una suerte de ensayo histórico-sociológico-político cuyo formato teatral imita a la fábula tradicional: división en episodios/capítulos; presentación formal de personajes; intervención de un narrador omnisciente; intenciones aleccionadoras.

Como en Dogville, Von Trier vuelve a apuntar -y a disparar- contra los Estados Unidos. Por si su crítica contra la comunidad WASP (White, Anglo-Saxon, Protestant) no hubiese sido suficiente, ahora el director danés parte del contraste con la comunidad afroamericana, y de la relación amo-esclavo para redoblar el sarcasmo contra quienes se dicen democráticos, pluralistas y defensores de la libertad.

… terminemos con un «ni».
Fiel a las exigencias más importantes de Dogma, el film es terriblemente ascético, tanto como la moral protestante. De ahí, lo rudimentario de la producción (escenografía, vestuario, iluminación). De ahí que el peso narrativo caiga fundamentalmente sobre los actores, y en un segundísimo plano sobre la muy acorde banda sonora. 

En este punto, habrá que reivindicar las interpretaciones medidas, tensas, asfixiantes de Bryce Dallas Howard (de todos modos me gustó más Kidman), Isaach De Bankolé (de lejos, el mejor), Mona Hammond (una revelación) y Danny Glover (me hizo acordar a su Moze de En un lugar del corazón). También se destacan John Hurt en tanto voz omnisciente, y las breves participaciones de Lauren Bacall, Chloë Sevigny y Willem Dafoe.

Sin embargo, al margen de sus observaciones acertadas y de su ironía flagrante, lo cierto es que Manderlay no termina de convencerme. Tal vez porque se parece mucho a Dogville, y con Dogville fue suficiente. Tal vez porque su esquematismo evoca al criticado esquematismo yankee, y tanta insistencia resulta cansadora. Tal vez porque simplemente la vi un domingo a la tarde, con pocas luces y -probablemente- también con muy pocas pulgas.