El método

El métodoHay quienes sostienen que El método Gronholm de Jordi Galcerán es excelente. De ser así, lamento no haberla visto en el teatro todavía, y en cambio tener que conformarme con la adaptación cinematográfica de Marcelo Piñeyro. Es que, aún cuando sigue resultando interesante, la propuesta del director argentino aparece como desaprovechada, principalmente por un desempeño actoral que no puede/sabe explotar las aristas de -me animaría a decir- un nuevo género, el «thriller empresarial»*.

Para empezar, la película adolece de una falla recurrente en películas argentinas y españolas: un sonido muy malo. Esta vez, se produce una siniestra combinación entre desprolijidades de origen técnico y la descuidada locución de los intérpretes (pienso sobre todo en Najwa Nimri, Natalia Verbeke y Eduardo Noriega) que impide la total comprensión de los parlamentos.

Por otro lado, estamos ante otro problema bastante típico: la estereotipación de actores que terminan haciendo de sí mismos, o en el mejor de los casos, más de lo mismo. Tenemos entonces a los mencionados Noriega y Verbeke encarnando a personajes peligrosamente seductores, y a Pablo Echarri poniéndose en la piel de un argentino arrogante y medio chantún. 

Aquí, el que más convence es Ernesto Alterio, quizás porque su personaje es el menos acartonado, el que más varía a medida que avanza el largometraje. En cambio, en el polo opuesto se encuentra Nimri, versión española (y contemporánea) de nuestra siempre inexpresiva Marta González. 

A priori da la sensación de que El método es una obra tan ácida como asfixiante, tan astuta como cautivante. Es una lástima que la mano de Piñeyro la haya reducido a un rejunte de jóvenes (y deslucidos) actores en pugna. 

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* Se me ocurrió «inventar» este género al recordar La corporación, película de Costa Gavras que -con humor negro, sin la solemnidad de Piñeyro- retrata los entretelones de la competencia empresarial.