16 calles

16 calles16 calles. Tiiiiiípico largometraje sobre policías corruptos, testigos en peligro, y cuyo desenlace apuesta -mal que mal- al triunfo del honor y la Justica. Por si la fórmula no alcanzara, el director Richard Donner recurre al también tiiiiiípico Bruce Willis, actor vanagloriado y detestado por encarnar (casi) siempre a detectives marginales, descreídos, non-sanctos. Hasta aquí, todo bien. En definitiva, éstas son las reglas del juego.

O mejor dicho, las reglas de un género y de un estilo. Porque – enfrentémoslo- de vez en cuando Hollywood necesita darse corte con algún film catártico, de ésos que se pretenden jugados por su (también pretendida) crítica del statu quo y sus vueltas de tuerca (pretendidamente) «inesperadas». Para que después nadie ande vociferando que la máquina de chorizos -digo, de movies- es siempre complaciente, ¿vio?

Sin embargo, como de costumbre, la intención crítica queda a mitad de camino porque -aún en estas producciones- hasta el uniformado más nefasto tiene chances de redimirse. Y ni hablar de las resoluciones argumentales que indefectiblemente terminan siendo tan previsibles como el happy end de cualquier culebrón romántico.

Pero en 16 calles hay algo peor que la repetición constante, la parodia de una osadía nunca lograda, la burda anticipación y la moraleja garantizada. Me refiero a cierta marcada inspiración -por no decir «afano»- intelectual. Así, quien haya visto Tais-toi -título traducido como ¡Que te calles! o Ruby y Quentin– sabrá de qué estoy hablando.

Por lo pronto, el espectador avesado encontrará notables coincidencias entre Eddie Bunker (personaje a cargo de Mos Def) y Quentin (Gérard Depardieu), e incluso entre las duplas que protagonizan ambos largometrajes. De hecho, como en la obra de Francis Veber, aquí también asistimos al encuentro entre un peso pesado del crimen, taciturno, incrédulo, pesimista y un marginal simpático, verborrágico, un don nadie obsesionado con un proyecto gastronómico (en el film francés Quentin sueña con montar un «bistro»; en el norteamericano, Eddie no para de imaginar su futura pastelería).

Resumiendo, el título de Donner se caracteriza a todas luces por su falta de originalidad. Primero, porque se limita a seguir un tipo de receta del policial hollywoodense conocida hasta el hartazgo. Segundo, porque se apropia de ingredientes ya probados en el año 2003.

Desde este punto de vista, 16 calles no sólo es más de lo mismo. También es la copia empobrecida y a la vez distorsionada de lo que alguna vez fue una idea ocurrente y verdaderamente original.