The L word

The L wordNo hay caso… Hay algo en The L word que no termina de cerrarme, y lamentablemente su recién estrenada segunda temporada empeora la situación. De hecho, los nuevos capítulos parecen empecinados en revelar las hilachas de un producto pretendidamente jugado y revolucionario pero absolutamente convencional y conservador.

Termino de repasar la introducción de este post, y enseguida vislumbro una chorrera de comentarios denunciando homofobia, insensibilidad, desinteligencia. Pero no importa: a título personal considero que la serie de Warner Channel merece algo más que la fidelidad incondicional de sus fans.

Sin dudas, lo más destacable de esta propuesta tiene que ver con el tino de darle existencia a un nicho de televidentes muy poco (casi nada) explotado. En este sentido, la creación de Ilene Chaiken es indiscutiblemente pionera en cuanto saca del closet a la -hasta hace poco ignorada- «audiencia lesbiana».

Aquí termina el reconocimiento de cierta osadía o visión de negocios, según el cristal con que se mire. Por lo demás, The L word comete el peor de los pecados: teniendo la oportunidad de tratar las distintas aristas de un tema complejo y controvertido, opta por integrarse al estereotipo generalizado que la TV norteamericana suele hacer de la realidad.

Nos topamos entonces con el caso de Jenny, cuya condición de subempleada no le impide contar con una modernísima laptop ni costearse un taller de escritura. O la eterna combinación de romances, flirteos y enredos amorosos que -ante la ausencia de historias ricas, interesantes, bien armadas- pretende mantener el interés del espectador. 

Y qué decir de lo forzado de ciertos giros narrativos, por ejemplo el que «se deshace» de Marina. Es entendible que el repentino alejamiento de la actriz Karina Lombard haya sido un imponderable difícil de manejar ¿pero hacía falta internar a su personaje luego de un intento de suicidio, y además inventarle un marido secreto?

A diferencia de las británicas Queer as folk y Sugar rush, The L word es acartonada, solemne, artificiosa, por momentos insostenible. Si no fuera por la orientación sexual de sus protagonistas, estaríamos ante una serie del montón, absolutamente convencional y conservadora. Cómo pretender entonces un cierre meritorio.