Rinoceronte

RinoceronteEn estos tiempos donde reinan la masificación y ciertas nuevas tiranías, bien vale la pena recordar, retomar, saborear las páginas de Rinoceronte, obra que Eugène Ionesco escribió hace casi medio siglo y que aún hoy mantiene una vigencia intacta. Exponente del llamado «teatro del absurdo«, este libro nos acerca una visión escéptica, casi resignada de la condición humana, con la dosis de humor necesaria para rescatarnos de un posible hundimiento en el pesimismo más trágico.

De alguna manera, el dramaturgo de origen rumano ofrece su propia versión de La metamorfosis. De hecho, un poco como Franz Kafka, también apela al mundo animal para señalar el costado bestial del hombre, y también se detiene en lo irreversible e irremediable de una transformación ajena a los deseos y a la voluntad de las personas.

Sin embargo, mientras el escritor checo alude a un proceso privado (sólo afecta al señor Samsa) y con desenlace «micro» (el protagonista se convierte en insecto), Ionesco desarrolla su pieza teatral en un plano «macro» por partida doble: primero porque el proceso de conversión afecta a un pueblo entero; segundo porque el rinoceronte es la especie elegida para el cambio.    

Editada en 1959, la obra se presenta como representativa de su época, y como ejercicio de reflexión en torno a un pasado tan terrible como inmediato, relacionado con la coexistencia regional de distintos regímenes totalitarios y con el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Para muchos, ésta es una fábula sobre sobre el nazismo, más específicamente sobre el accionar de los colaboracionistas franceses en tiempos de la ocupación alemana. Para otros, estamos ante una denuncia encubierta contra la dictadura que Nicolae Ceausescu impuso en el país del autor.

Al margen de alusiones históricas específicas, lo cierto es que Rinoceronte es una alegoría sobre los peligros del despotismo y la homogeneización en general. De hecho, Ionesco se permite inventar la palabra «rinoceritis» para referirse a la enfermedad por la cual los seres humanos podemos ser víctimas de cierta ceguera mental que indefectiblemente nos lleva a atropellar, embestir, aplastar, matar.

Sin dudas, el neologismo trasciende la década del ’50, y se adapta perfectamente al mundo actual donde -a falta de grandes dictadores como Hitler, Stalin, Franco o Mussolini- convivimos con otro tipo de fanáticos megalómanos. Así, en el contexto actual, algunos de nosotros bien podemos sentirnos identificados con Bérenger, protagonista que -aún con sus limitaciones a cuesta- se debate por resistirse a la apabullante «rinocerontización» de la sociedad.

De ahí la rápida pero insistente recomendación de recordar, retomar, saborear las páginas de este (¿olvidado?) libro.