Latin American Idol

Réplica localizada de American Idol Haciendo un poco de zapping, caí por casualidad en Latin American Idol y quedé hipnotizada, preguntándome dónde estaría el gancho de ooootro programa de TV que -esta vez con la excusa de encontrar al nuevo talento pop de nuestra región- vuelve a explotar algunas de los características más representativas del reality show: exaltación del éxito rápido y efímero, imposición de estereotipos estéticos, homogeneización cultural, manipulación sentimental, tiranía mediática.

Emitida por Sony, la propuesta es una adaptación de American Idol. Los seguidores de la versión estadounidense sostienen que la latina es menos despiadada, a tono con una idiosincrasia que prefiere el eufemismo al discurso directo. De todos modos y diferencias aparte, la localización se mantiene fiel a la idea original, tanto que nadie se molestó en traducir el título del programa.

El show empezó el 12 de julio, y desde entonces y hasta el miércoles pasado mostró la primera etapa de selección realizada en distintas capitales latinoamericanas. En ese lapso, los televidentes pudieron acompañar el interminable desfile de jóvenes empeñados en seducir al tribunal conformado por la mexicana Elizabeth Meza (¿algo que ver con doña Florinda?), el cubano Jon Secada y el español Gustavo Sánchez.

Basta con ver una entrega del reality para confirmar lo de siempre. Primero, este mundo pertenece a los triunfadores, a los temerarios, a los que apuestan a más. Segundo, para convertirse en ídolo hay que ser atractivo (nada de ojos saltones, narices ganchudas, dientes torcidos, papadas prominentes, cinturas rollizas; los jueces exigen «ángel», «carisma», «sex appeal»; yo hablaría de parámetros estándar de peso, altura, y vestuario).

Tercero, la cuestión no está en marcar la diferencia, sino en simularla. De hecho, en un proyecto donde la masificación es clave, lo singular no es bienvenido. Al contrario, estos programas ofrecen lo habitual, pero con un fondo competitivo que crea una ilusión de distinción.

Cuarto, aquí hay mucho de telenovela. Tenemos por un lado la expectativa, el sufrimiento, la pasión, la alegría de los protagonistas (mucho llanto, mucho moco, mucho festejo, mucha histeria). Por el otro, están los jueces que alternan entre el rol malvado y el de hada madrina.

Quinto, quien detenta poder tiene todos los derechos, hasta el de mofarse sin inhibiciones. De ahí que en este caso y ante ciertas presentaciones los miembros del tribunal se permitan poner caras o esbozar sonrisas socarronas, actitud poco digna de evaluadores pretendidamente profesionales.

La última emisión de esta primera parte tuvo como hilo conductor el testimonio de una muchacha mexicana que viajó a Buenos Aires para probar suerte por segunda vez (los jueces ya le habían bajado el pulgar en el casting organizado en su país). La «epopeya» se presentó de manera fragmentada, y cada retazo hizo las veces de separador entre evaluaciones.

El desenlace resultó un tributo al sacrificio y a la tenacidad, un oportuno happy end para cerrar el episodio, y sobre todo la confirmación de que Latin American Idol va por más… de lo mismo. Y así descubrimos el poder hipnótico, el gancho ineludible del siempre efectivo arte de la repetición.