Astérix, el galo

Astérix, el galoProbablemente los espíritus conservadores consideren que Astérix, el galo no es digno de pertenecer a la categoría Literatura. Ante esta eventualidad, dos observaciones: primero, las historietas no son un género menor o aparte; segundo, la obra de René Goscinny y Albert Uderzo vale por su alcance cultural e histórico, igual que un buen libro. De todos modos, al margen de cualquier debate, una cosa es segura: la «bande dessinée» francesa sí es digna de ser leída y releída; por eso esta recomendación.

Nacido en París en 1926, Goscinny pasó su infancia en Buenos Aires, experiencia que explicaría su contacto con Patoruzú, propiedad intelectual de Dante Quinterno. Aferradas a esta anecdóta, las malas lenguas vernáculas siempre sostuvieron que los célebres Astérix y Obélix eran una copia (adaptada, pero copia al fin) de la dupla conformada por el líder tehuelche y su compañero Upa.

Julio César según UderzoEs cierto que existen algunas coincidencias sospechosas (me refiero a la astucia del personaje principal, a la barriga y torpeza del coprotagonista, a la importancia adjudicada a una poción mágica). Pero es igualmente cierto que la tira francesa tiene mérito propio, especialmente cuando se la analiza en términos de originalidad narrativa y poder de convocatoria.

De hecho, tal vez uno de sus mayores logros consista en haber trascendido las fronteras de su propio país. Uno podría argumentar que el comic fue bien recibido en distintas partes del mundo (sobre todo en Europa) porque, además de los galos, también satirizó a italianos, ingleses, españoles, vikingos, griegos. O porque las editoriales francesas hicieron bien su trabajo, o porque el cine de esa nacionalidad colaboró con las tareas de difusión.

Sin embargo, la repercusión de esta historieta creada en 1961 nunca fue producto de una estrategia de marketing. En realidad, la verdadera clave del éxito se originó en los dibujos graciosos, simpáticos de Uderzo y en las desopilantes aventuras inventadas por Goscinny.

Sin dudas, el guionista parisino conocía bien la lengua, la historia y la idiosincrasia francesas. De ahí su talento para jugar con las palabras (fíjense en el nombre de algunos personajes secundarios), con personalidades del pasado (cómo olvidar las intervenciones de Julio César o de Cleopatra) y con mentalidades y costumbres (pienso en el chauvinismo de los protagonistas).

Los inseparables Astérix, Obélix e IdéfixGracias a Astérix y a Obélix, generaciones enteras se enteraron de la existencia del pueblo galo y de su encarnizada resistencia contra el avance del imperio romano. Y algo más importante todavía, muchos descubrimos el costado arbitrario, absurdo, paradójico de esa Historia que suelen escribir los que ganan, y parodiar los que saben. 😛