La familia Ingalls

Los Ingalls, a plenoEn el secundario tuve un profesor de Historia que recomendaba ver La familia Ingalls para conocer los valores, las creencias, las obsesiones, los miedos de la sociedad norteamericana. Hoy, tiempo después, a veces se me da por encender la tele, sintonizar el canal Retro y reencontrarme con el pueblo de Walnut Grove. Enseguida, cada escena, cada parlamento, cada capítulo demuestran que efectivamente el Sr. Fiorentino estaba en lo cierto.

Para confirmarlo, me permito abrir paréntesis y mencionar aquel programa de E! dedicado íntegramente a los entretelones de la serie. Además de comentar los chismes de rigor sobre los actores, el especial era un sentido tributo a The little house on the prairie.

Tributo que iba más allá del ámbito televisivo para adquirir una indiscutible connotación nacionalista. Así, Michael Landon aparecía como un visionario capaz de detectar (y satisfacer) la necesidad (y porqué no el negocio) de mostrar la epopeya estadounidense. Así, también se hablaba de Melissa Gilbert (la pequeña Laura) como de la «sweetheart» de «América».

Cierro paréntesis…

Volviendo a la serie, habría que mencionar la omnipresencia de la Biblia, de la bandera y del humo en la chimenea. Entonces, por un lado tenemos a Dios, parte del elenco estable: es referente, consultor y testigo de -como diría David Griffith- «el nacimiento de una nación«. Por el otro está la patria, forjada por una mayoría blanca y algunos negros, indios y chinos (todos buenos, pero por las dudas muy pocos). Y después viene el hogar, espacio exclusivo para la familia, el reposo, el recogimiento (espiritual, no de otro tipo). 

Charles, Caroline e hijos, el Dr. Baker, el reverendo Alden, los Oleson, la Srita. Beadle, Jonathan, el Sr. Edwards, todos ellos son fieles exponentes del ideal anglosajón: «hard workers», responsables, valientes, sacrificados, con gran sentido de la comunidad, la fe, la ley, la moral y el dinero (bien habido).   

Lacrimógenos o más bien simpáticos, los episodios siempre hicieron gala de una moraleja final. De ahí el tono sentencioso, pontificador de la serie. De ahí los violines y el rostro usualmente compungido de Charles.

La verdadera LauraEn cambio, si hay algo que La familia Ingalls nunca tuvo, fue rigor histórico. Al contrario, el gran mérito de Landon consistió en proponer una versión edulcorada del pasado, base indestructible desde donde generar e imponer -¡en el mundo entero!- la imagen positiva, ganadora e insuperable del gran país del Norte.

Por suerte, entre tanta verdad enlatada, de vez en cuando aparece algún buen profesor que nos abre un poco los ojos. ¿No?