BarTango

BarTango. Foto extraída de Página/12La cita es el sábado a la noche, cerca de Plaza Once, a metros de la avenida Rivadavia, en el Teatro del Pasillo. La vieja casona perfumada con naranjas, pintada de amarillo y decorada con afiches de otros tiempos anticipa lo que vendrá: un poco de nostalgia, algo de humor, un toque de ilusión. De hecho, y en suma, todo eso define al sorprendente BarTango (o Bar Tango).

Éste -atención- es un espectáculo de títeres. Para adultos, sostienen algunos… Aunque personalmente considero que el gusto por las marionetas no varía en función de la edad.

Como sea, si admitimos que la obra es efectivamente para «gente grande», entonces digamos también que le rinde tributo a la infancia, o al menos a esa candidez que nos permite creer en un mundo paralelo donde conviven muñecos y seres humanos.

El espectáculo dura apenas 45 minutos, lo suficiente como para sumergirnos en una Buenos Aires mítica, donde se cruzan el presentador típico de la noche porteña, el macho argentino, una diva de cabaret, el hijo vividor y el mismísimo Aníbal Troilo. Aquí, en los sketchs protagonizados por cada una de estas personalidades, se filtra un segundo homenaje, esta vez a la ciudad, a su gente.

Creadas por Roberto Docampo, las marionetas son entrañables. Sus piecitos, sus manitos, sus ojos… todos sus detalles cautivan y enternecen. Sin dudas, se destaca la adaptación de Pichuco (el hecho de que la marioneta «use» las manos del titiritero para tocar el bandoneón es sencillamente genial).

Por otra parte, que los muñecos se muevan de modo ductil, sexy, gracioso según la ocasión es mérito exclusivo de Sandra Antman, Mario Marino y Miguel Rur. En este punto, cabe aclarar que la interacción con los muñecos va más allá del simple manejo de sus «hilos». De hecho, animadores y personajes se miran, se hablan, se cargan. Unos y otros comparten el escenario de igual a igual.

Un poco de nostalgia, algo de humor, un toque de ilusión. De eso está hecho BarTango. Para conocerlo, basta con asistir a la cita de rigor un sábado a la noche, en una vieja casona perfumada con naranjas, pintada de amarillo y decorada con afiches de otros tiempos. El resto es magia.