Las confesiones (¿?) de Madonna

I'm going to tell you a secretPrimera aclaración: el lanzamiento de I’m going to tell you a secret en DVD acaba de ser noticia, y entonces recordé su proyección en A&E a fines de abril. Tal vez el canal de cable lo repita en alguna otra ocasión.

Segunda aclaración: nunca fui fanática de Madonna. Me gustan sus discos (más bien algunas canciones); admiro su fuerza de voluntad, su capacidad de trabajo, su visión mediática/comercial/de marketing. Pero creo que la reina del pop se aseguró el trono y la corona no tanto por su (cuestionable) talento artístico, sino por su (indiscutible) disciplina y (archi probado) conocimiento del show business.

Dicho esto, es de esperar que este post parta de cierta mirada crítica, o por lo menos escéptica. Ojalá no hiera la susceptibilidad de los seguidores incondicionales.

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Lo más llamativo -y sin dudas paradójico- de I’m going to tell you a secret es que no revela demasiado y que, por lo tanto, sorprende muy poco… En otras palabras, el documental del sueco Jonas Akerlund muestra más o menos lo de siempre: partes de recitales (en este caso, del último tour realizado en Europa), entretelones de ensayos, y flashes de vida privada.   

En realidad, la única «novedad» es la aparición de una figura pretendidamente distinta de la que protagonizó A la cama con Madonna. De hecho, la diva hace todo lo posible por mostrarse madura, generosa, sabia, en suma, «otra». De ahí las recurrentes referencias a las enseñanzas extraídas de la cábala y de la práctica del yoga.

Aquí, esta «otra» Madonna deja de hablar de sexo y en cambio habla de matrimonio, de hijos, de estabilidad emocional. Así, la histórica voluntad provocadora queda ahora circunscripta al ámbito ficcional de los shows, donde resurgen las alusiones sadomasoquistas, lésbicas, voyeuristas y el infaltable sello cristiano (esta vez, una inmensa cruz en pleno escenario).

Sin dudas, la reina del pop vuelve a reinvertarse o, mejor dicho, a reinventar su apariencia. Pero en el fondo no sólo no confiesa nada, sino que sigue siendo la misma. Tanto que la modestia y el altruismo reivindicados no hacen más que señalar -al menos ante una mirada escéptica- un rasgo suyo muy típico: su egocentrismo.

En definitiva, lo único interesante de I’m going to tell you… es la recopilación de los recitales. Lo demás, lejos de ser secreto, se reduce a una verdad bien conocida y -repeticiones mediante- irremediablemente aburrida.