En busca del tiempo perdido

En busca del tiempo perdido, de Marcel ProustSe ha hablado hasta el hartazgo del episodio de la magdalena que Marcel Proust escribió en A la recherche du temps perdu, o En busca del tiempo perdido. Literatos y psicólogos coincidieron en alabar la precisión con la que el escritor francés describió la capacidad evocativa de los sentidos gustativo y olfativo.

Sin embargo, nunca está de más releer los extractos principales y, si se tiene ganas, trasladarlos a nuestra propia experiencia. A ese perfume que a la distancia nos conduce al lado de la persona amada, al sabor de esa torta que nos retrotrae a la infancia, al aroma del café que nos recuerda la calidez del hogar. En suma, a ese impulso que en ocasiones nos crea la ilusión de un viaje al pasado. 

Por eso, aunque muchas veces transcriptas, aquí están, de nuevo, siempre certeras y conmovedoras, las palabras de Proust:
 
(…) Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa.

(…)

Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad. Pero ¿cómo? Grave incertidumbre ésta, cuando el alma se siente superada por sí misma, cuando ella, la que busca, es juntamente el país oscuro por donde ha de buscar, sin que le sirva para nada su bagaje. ¿Buscar? No sólo buscar, crear. Se encuentra ante una cosa que todavía no existe y a la que ella sola puede dar realidad y entrarla en el campo de su visión.

(…)

Y de pronto el recuerdo surge. Ese sabor es el que tenía el pedazo de magdalena que mi tía Leoncia me ofrecía, después de mojado en su infusión de té o de tila, los domingos por la mañana en Combray (porque los domingos yo no salía hasta la hora de misa) cuando iba a darle los buenos días a su cuarto.

Publicado por

María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

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