Secretos de diván

Secretos de divánDespués de tolerar la indigestión provocada por La joya de la familia y En sus zapatos, Secretos de diván se presenta como una suerte de aliciente. Desde ya, no se trata de una obra de arte; ni siquiera es una propuesta original o extremadamente ocurrente. Pero sí vale para pasar un momento agradable, y así reconciliarse -aunque sea por un rato- con las comedias románticas made in Hollywood. 

Por lo pronto, la película escrita y dirigida por Ben Younger parece tener cierta influencia de Woody Allen. De hecho, ¿cómo no pensar en el cineasta neoyorkino cuando se nos muestra a una idishe mame psi reaccionar ante la noticia de que su hijo de 23 años está enamorado de una goy divorciada de 37?  

Pensándolo bien, es posible trazar un paralelismo entre la brecha generacional que separa a los personajes y la que separa a los directores. De hecho, las diferencias en términos de experiencia, de pretensiones, de personalidad, de madurez se aplican tanto para Rafi y David como para Woody y Ben.

No obstante, a pesar de ciertas limitaciones, Younger crea situaciones  interesantes o al menos humorísticamente explotables. De ahí, la existencia de algunas escenas muy graciosas: por ejemplo, las que reflejan los esfuerzos de la sufrida madre por controlar su desilusión o, mejor aún, los pantallazos de una bobe golpeándose la cabeza con una sartén.

Otro punto a favor son las actuaciones. No es que Meryl Streep, Uma Thurman y el desconocido Bryen Greenberg se destaquen especialmente. Sin embargo, sí merecen un reconocimiento por haber reducido estereotipos a la hora de encarnar a personajes concebidos arquetípicamente.

En síntesis, Secretos de diván es un film entretenido, inofensivo, sin ínfulas de fábula aleccionadora (en realidad, tiene alguna hilachita suelta por ahí, pero afortunadamente podemos darnos el lujo de ignorarla). Y esto, por indiferente o resignado que suene, cuando se habla de producciones hollwoodenses, es mucho decir.