El primer trago de cerveza

El primer trago de cervezaHace más o menos un mes los medios nacionales se hicieron eco de la publicación de Perdonen nuestros placeres, libro de Sandra Russo sobre aquellos gustos/rutinas que gratifican a las mujeres. Inmediatamente me vino a la mente El primer trago de cerveza, obra de apenas 103 páginas que un tal Philippe Delerm redactó hace casi diez años, y cuya versión en español fue relanzada en varias oportunidades. 

Sin duda, el escritor francés sentó un precedente en la literatura contemporánea. Por lo pronto, entre 1997 y 2000, El primer trago… fue uno de los tres libros más vendidos en su país de origen. Casi al mismo tiempo llegó el reconocimiento de críticos y lectores extranjeros, y enseguida aparecieron otros autores dispuestos a describir (sus) pequeños placeres cotidianos.

Es que, justamente, en cuanto terminamos de leer a Delerm, sentimos el impulso de registrar, clasificar, detallar cada cosita ínfima, en principio intrascendente, que nos alegra la existencia. Entonces, así como él se refiere al primer trago de cerveza, a las medialunas tibias de la mañana, al diario del desayuno o a la magia de los caleidoscopios, a uno le entran ganas de dejar su testimonio sobre el primer chapuzón en el mar, el perfume de las sábanas recién lavadas o el arrullo del tren en una tarde de otoño.

Este libro es universal porque habla de placeres que todos conocemos. También es único porque ofrece un reflejo fiel de la cultura francesa, con párrafos y capítulos enteros que honran a la gastronomía, a la geografía y a la idiosincrasia galas. 

El primer trago… está muy bien escrito, con sensibilidad y humildad. Algunos tramos son entrañables y dulcemente melancólicos; otros se destacan por su picardía y simpatía. En definitiva todos aportan su granito de arena para que esta recopilación de relatos breves adquiera una envergadura de indisimulable alcance inspirador.
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PD. Existe un solo "pero" atribuible, no al libro de Delerm, sino a la versión en castellano distribuida por TusQuets Editores: por momentos, uno tiene la impresión de que la traducción de Javier Albiñana queda atada a la estructura gramatical y a los modismos de la lengua francesa. En esos casos, la prosa española aparece forzada, y pierde la capacidad de transmitir la expresividad del texto original.