El sabor del té

El sabor del téEn general, los largometrajes provenientes del Lejano Oriente seducen a través de su estética, su coreografía y sus guiones únicos. De ahí la manifiesta debilidad de muchos por un director como Takeshi Kitano y por películas tan disímiles como La casa de las dagas voladoras, Oldboy y la más reciente Hierro 3. Sin embargo, toda regla tiene su excepción. En este caso se trata de El sabor del té, título made in Japan que tira por la borda la gracia y sutileza que suelen distinguir al cine asiático.  

Cuando hablo de ausencia de gracia y/o sutileza, me refiero al tren que sale de la cabeza del joven Hajime. O al relato sobre las consecuencias de defecar en un cráneo semi-enterrado. O al girasol torpe y gigante responsable de engullirse a una niña, a un campo, a un pueblo, a un país, al planeta Tierra y a la galaxia entera.    

Las reseñas que alaban a este film mencionan su magia y lirismo. Sin embargo, si bien existe una innegable influencia surrealista en las imágenes mencionadas, ninguna evoca verdadera poesía. Es decir, ninguna hace gala de belleza, magnetismo o pluralidad de sentido.   

En Katsuhito Ishii se adivina la voluntad de homenaje a la cultura de su país. De ahí la inclusión del té como infusión omnipresente, la intervención de un simpático abuelo que ayuda a la realización de un mangá, o la presentación del go como juego celestino. 

Sin embargo, el director nipón parece quedarse a mitad de camino en el afán por concretar sus intenciones. De hecho, su obra es una de esas propuestas que pretenden ser cómicas y conmovedoras, conservadoras y ocurrentes, reflexivas y espontáneas, todo al mismo tiempo. Lamentablemente, al seguir este patrón, El sabor del té termina abarcando mucho, apretando poco y -lo que es peor- perdiendo su milenaria esencia.