El gato y el diablo

El gato y el diabloComo la vida, la memoria también te da sorpresas… Vaya uno a saber porqué hace unos días se me ocurrió pensar en El gato y el diablo, libro de la infancia, regalo de mis viejos cuando cumplí 7. Recordé entonces la fascinación que me produjo aquel cuento con formato epistolar y protagonizado por todo un pueblo, su alcalde, un minino y un enviado del mismísimo Satán.

En aquella época, ignoraba que estaba ante la adaptación de un relato popular rescatado por James Joyce en 1936. Tampoco sabía que Roger Blachon era un ilustrador francés tan prolífico como exitoso. Después de todo, qué importancia podrían tener estos datos cuando la historia y los dibujos cautivaban por sí solos.   

Con El gato y el diablo, descubrí la existencia de un pueblo que se llama Beaugency, cuyos habitantes hicieron lo imposible por construir un puente que los mantuviera unidos. También entendí que una carta puede esconder un gran secreto. Y por fin, lo más importante: llegué a la conclusión de que la memoria es una verdadera caja de pandora, especialmente cuando alberga una historia que reúne a funcionarios públicos, felinos y demonios.