En el horno

¡Estamos en el horno!¿Tu jefe reclamó para esta tarde el informe que nunca hiciste? ¿Tu amante/novia/esposa te pescó in fraganti con otra/o? ¿Te olvidaste de pagar el gas y te cortaron el servicio? ¿La AFIP te tiene en la mira por evasión de impuestos? ¿Apostaste a la ruleta y perdiste todo tu sueldo?.. Es muy simple: no estás en tu casa, ni en Metrogas, ni en un estudio contable, ni en el casino. No, no. Estás en el horno.

Hasta hace poco, las situaciones complicadas, apremiantes, vergonzantes tenían una connotación prostibularia ("es un quilombo"), escatológica ("una cagada"), diabólica ("un infierno"), científico-filosófica ("un caos"), médica ("una patada en el hígado") o futbolística ("una patada en las bolas"). Hoy, la retórica les da un toque doméstico-culinario, el mismo que nos permite hablar de las papas que queman, los huevos que se rompen y la leche que hierve. 

Por alguna razón, los porteños elegimos ponernos en el pellejo de aquel ternero, pollo, pescado o cerdo que -como diría el proverbio- "va a parar al asador". Así, aceptamos compartir el destino de (otras) carnes, verduras, harinas, levaduras, y nos dejamos rotisar entre jugos, hornallas, brasas y carbones.

Al final de cuentas, no hemos hecho más que modernizar nuestra práctica caníbal. Efectivamente… Si antes solíamos morfarnos crudos, ahora, civilización mediante, podemos pasar por la cocina, abrir el horno y seguir embuchándonos -bien calentitos y doraditos- a gusto y piacere.