Homenaje a los malditos

Foto del diario La NaciónMañana domingo 21 de mayo es la última función de Homenaje a los malditos en el Presidente Alvear, así que la publicación de este post llega tarde. Sin embargo, vale como recordatorio para el futuro, para cuando la compañía La Zaranda Teatro Inestable de Andalucía La Baja regrese a Buenos Aires y nos regale nuevamente una muestra de su talento.

Homenaje a los malditos tiene mucho del arte del absurdo. En términos discursivos, los personajes sostienen parlamentos reiterativos, obsesivos, casi compulsivos. Prácticamente no se escuchan entre ellos. Al contrario, se pisan, se interrumpen, se ignoran… y por supuesto siguen rumiando sus respectivos monólogos. 

El mismo patrón se aplica a nivel gestual. Está el hombre que agita permanentemente sus papeles, y la mujer que no deja de barrer el piso. Está el borracho que salta, aplaude, grita "olé" y exige el brindis que le prometieron. Mientras tanto, el elenco completo va y viene al ritmo de una coreografía que incluye la participación de sillas, mesas, libros, copas, botellas, e incluso de un muñeco-esqueleto (el depositario de los honores).

Evidentemente, el texto de Eusebio Calonge alcanza su magnitud en la puesta en escena que propone Paco de La Zaranda. Así, la distorsión espacio-temporal de todo homenaje aparece plasmada en el movimiento pendular de un reloj sin agujas, o en la rotación de un gran espejo sucio y descuidado.

Por su parte, Ana López, María Duarte, Ana Oliva, Gaspar Campuzano, Francisco Sánchez, Enrique Bustos y Fernando Hernández saben explotar el fondo tragicómico de sus personajes para convertirlos en seres tan patéticos como queribles. Desde ya, su trabajo de interpretación también se distingue por sacarles lustre a expresiones pintorescas de la Madre Patria y a la reconocida gracia del acento andaluz. 

Homenaje a los malditos se inicia con secuencias de aplausos grabados, y termina con una despedida poco convencional por parte de los personajes/actores. Es que, de principio a fin, la obra de La Zaranda no hace más que trasuntar -además de talento- mucha orginalidad.